lunes, 14 de mayo de 2012
Bertolt Brecht
La infanticida Marie Farrar
1
Marie Farrar, nacida en abril,
menor, sin señas particulares, raquítica, huérfana,
hasta el presente no fichada, dice haber
asesinado a un niño de la siguiente manera:
Que ya en el segundo mes intentó
en lo de una mujer que vivía en un sótano
abortarlo con dos inyecciones, que declara
fueron dolorosas. Pero no quiso salir.
Y a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás.
2
A pesar de ello dice haber pagado en el acto
lo convenido y desde entonces haber usado faja,
también bebió kerosen con pimienta molida;
pero que todo eso no hizo sino provocarle diarrea.
Que su cuerpo se hinchó a ojos vistas y que tuvo
dolores agudos, mientras lavaba los platos, muchas veces.
Ella misma, dice, aún no había dejado de crecer.
Que le rezó a la virgen, con mucha esperanza.
En cuanto a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar,
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás.
3
Al parecer, las oraciones no dieron resultado.
También, era mucho pedir. Cuando se puso más gruesa
le daban mareos durante la misa. Sentía el cuerpo húmedo
de miedo, cuando se arrodillaba al pie del altar.
Sin embargo, mantuvo en secreto su estado,
hasta que finalmente la sorprendió el parto.
Pudo ocultarlo todo, seguramente porque nadie creía que ella
tan sin gracia, hubiera caído en la tentación.
Y a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar
Puesto toda criatura necesita ayuda de todas las demás.
4
Que ese día, según ella, muy de madrugada
al lavar la escalera sintió que le clavaban
uñas en el vientre. El dolor la estremecía.
Y, sin embargo, logró disimularlo.
Todo el día. Mientras cuelga la ropa
la cabeza le estalla: de repente se da cuenta
que va a parir y siente un gran peso
sobre el corazón. Solo muy tarde sube al cuarto.
Pero a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás.
5
La llamaron de nuevo cuando ya se había acostado,
había nevado y tuvo que barrer.
Así hasta las once. Aquel fue un largo día.
Solo entrada la noche pudo parir en paz.
Y dio a luz, así declara, a un niño varón,
a un hijo que era igual a otros hijos,
pero ella no era igual que otras madres, eso
quiero aclararlo sin ironía y sin mayor motivo.
En cuanto a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás.
6
Dejémosla que siga relatando
lo que con ese hijo pasó
(dijo que no pensaba guardarse una palabra)
para que todos lo sepan y se ubiquen.
Dice que a poco de acostarse sintió intenso malestar,
sin saber qué podría ocurrir,
pues estaba sola, y que se forzó a no gritar.
Y yo a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás.
7
Con sus últimas fuerzas, dice que luego,
como su cuarto estaba helado, se arrastró
hasta el retrete y allí (no recuerda exactamente
en qué momento), sin más vueltas, parió
hacia el amanecer. Dice que entonces se sintió
muy confusa, y luego, ya medio congelada,
porque en el baño de servicio entra la nieve,
apenas tuvo fuerzas para alzar al niño.
En cuanto a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás.
8
Luego, entre el baño y la pieza -dice que hasta entonces
no había pasado nada-, la criatura
comenzó a gritar, eso la alteró de tal manera,
que la golpeó con ambos puños y con fuerza,
ciegamente, dice, hasta que se calló.
Luego de ello se llevó el cuerpito consigo
a la cama por el resto de la noche
y de mañana lo escondió en el lavadero.
Pero a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás.
9
Marie Farrar, nacida en abril,
muerta en la prisión de Meissen
madre soltera, sentenciada, quiere
mostrarles los sufrimientos de todas las criaturas.
Ustedes que dan a luz en limpias
camas de maternidad y llaman
"benditos" a sus vientres preñados quieran
no condenar a los débiles perdidos
pues sus pecados fueron duros y su dolor fue grande.
Por eso, les ruego, se abstengan de juzgar
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás.
sábado, 12 de mayo de 2012
Bertolt Brecht
El jardín del edén de Jan Brueghel y Rubens
Canción de la mujer
1. De noche junto al río en el oscuro corazón de los arbustos
a veces vuelvo a ver su rostro, el de la mujer que amé: mi
mujer, que murió.
2. Hace ya muchos años, y a ratos ya no sé nada de ella, la
que antes lo fue todo, pero todo se marchita.
3. Y ella era en mí como un pequeño enebro en las estepas de
Mongolia, cóncavas, con el cielo amarillo pálido y de gran tristeza.
4. Vivíamos en una cabaña negra junto al río, Los mosquitos
solían perforar su blanco cuerpo, y yo leía el periódico
siete veces o decía: tu pelo tiene un color sucio. O: no tienes corazón.
5. Pero un día, cuando estaba yo lavando mi camisa en la
cabaña, ella se acercó a la puerta y me miró y quería salir.
6. Y quien le había pegado hasta cansarse, dijo: ángel mío.
7. Y quien le había dicho te quiero la condujo fuera y
riendo miró al aire y alabó el buen tiempo y le dio la mano.
8. Como ya estaban afuera, al aire libre, y la cabaña estaba
desierta, cerró la puerta y se sentó tras el periódico.
9. Desde entonces no la he vuelto a ver, y de ella sólo quedó
el gritito que dio cuando por la mañana volvió a la puerta que
ya estaba cerrada.
10. Ahora la cabaña se ha podrido y mi pecho está relleno de
papel de periódico y por las noches tumbado junto al río en
el oscuro corazón de los arbustos me acuerdo de ella.
11. El viento lleva olor a hierba en el pelo y el agua grita sin
fin pidiendo calma a Dios, y en mi lengua tengo un sabor amargo.
Versión de Jesús Munárriz y Jenaro Talens
Este poema y otros del mismo autor pueden leerse ingresando al sitio: WWW.amediavoz.com/brecht.htm
lunes, 7 de mayo de 2012
Bertolt Brecht
¿Quién construyó Tebas, la de las Siete Puertas?
En los libros figuran sólo nombres de reyes.
¿Acaso arrastraron ellos los bloques de piedra?
Y Babilonia, mil veces destruida,
¿quién la volvió a levantar otras tantas? Quienes edificaron
la dorada Lima, ¿en qué casas vivían?
¿Adónde fueron la noche
en que se terminó la Gran Muralla , sus albañiles?
Llena está de arcos triunfales
Roma la grande. Sus cesares
¿sobre quiénes triunfaron? Bizancio,
tantas veces cantada, para sus habitantes
¿sólo tenía palacios? Hasta en la legendaria
Atlántida, la noche en que el mar se la tragó, los que se ahogaban
pedían, bramando, ayuda a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India.
¿Él solo?
César venció a los galos.
¿No llevaba siquiera a un cocinero?
Felipe II lloró al saber su flota hundida.
¿No lloró más que él?
Federico de Prusia ganó la guerra de los Treinta Años.
¿Quién la ganó también?
Un triunfo en cada página,
¿Quién preparaba los festines?
Un gran hombre cada diez años.
¿Quién pagaba los gastos?
A tantas historias,
domingo, 29 de abril de 2012
Un cuento de Ray Bradbury
Tiempo de Partir
Fragmento final
-Noche, las nueve, las nueve y cuarto, las estrellas
brillantes, la luna redonda, las luces rosadas de las ventanas, los cometas de
fuego en las chimeneas que suspiran calor. Bajo las chimeneas, ruido de
marmitas y sartenes y cubiertos, fuego en el hogar, como un enorme gato de
color anaranjado. En la cocina, el horno de hierro llameante, ollas que
hierven, burbujean, fríen, vapores y humos en el aire. De vez en cuando, la
anciana se volvía y escuchaba con los ojos y la boca, el mundo fuera de casa,
fuera del fuego y la comida.
Las nueve y media, allá lejos un ruido sólido,
entrecortado.
La anciana se enderezó y dejó la cuchara.
Afuera, otra vez, los golpes secos, sólidos a la luz
de la luna. El ruido continuó durante tres o cuatro minutos, y la vieja se movió
apenas, apretando los labios o los puños con cada golpe. Luego, la mujer se
lanzó al fogón, a la mesa, revolviendo, vertiendo, levantando, llevando,
ordenando.
En seguida se oyeron otros ruidos en la oscuridad, más
allá de las ventanas. Un rumor de pasos lentos en el sendero, zapatos pesados
en el porche.
La vieja se acercó a la puerta y esperó el llamado.
No se oyó nada.
La vieja esperó un minuto. Afuera en el porche un
bulto se sacudía y se movía de un lado al otro, tímidamente.
Al fin la vieja suspiró y le gritó a la puerta.
-Will, ¿eres tú quien respira ahí?
Ninguna respuesta. Un silencio tímido en el porche. La
mujer abrió bruscamente la puerta.
El viejo estaba allí, con un increíble haz de leña en
los brazos. La voz llegó desde detrás de la leña:
-Vi humo en la chimenea; pensé que quizá necesitarías
leña.
La vieja se hizo a un lado. El viejo entró y puso la
leña junto al hogar, sin mirar a su mujer.
La vieja fue al porche y recogió la valija y entró y
cerró la puerta.
Vio que él se había sentado a la mesa.
Revolvió la sopa que hervía en la cocina.
-¿El asado está en el horno?- preguntó el viejo
serenamente.
La mujer abrió la puerta del horno. El vapor flotó en
el cuarto envolviendo al viejo. El viejo cerró los ojos.
-¿Qué es ese otro olor?- preguntó un momento después.
- ¿El olor a quemado?
La mujer esperó un momento, de espaldas, y dijo:
-National
Geographics.
El viejo asintió lentamente, sin decir nada.
Luego la comida apareció sobre la mesa, caliente y
trémula. Luego de un momento de silencio la vieja se sentó y miró a su marido,
sacudió la cabeza, miró otra vez, y sacudió de nuevo la cabeza.
-¿Quieres pedir tú la bendición?- dijo.
-Tú- dijo el viejo.
Sentados en la habitación cálida junto al fuego
brillante, inclinaron las cabezas y cerraron los ojos. La mujer sonrió y
comenzó:
-Gracias, Señor...
...................................................................................Autor: Ray Bradbury
viernes, 27 de abril de 2012
Ray Bradbury
Tiempo de Partir
Tercera parte
-Bueno- dijo el viejo, y se detuvo. – Bueno, están también los anchos caminos.
-Donde te aplastarán, claro; me había olvidado.
-¡No, no!- El viejo cerró los ojos y los abrió. – los desiertos caminos laterales que no van a ninguna parte, que van a todas partes, por los bosques nocturnos, los desiertos, hacia lagos distantes...
-Me imagino que no alquilarás una canoa y te irás remando. ¿Recuerdas aquella vez que zozobraste y por poco te ahogas en el Muelle de los Bomberos?
-¿Quién habló de canoas?
-¡Tú! Los isleños, los paganos que parten en canoas hacia la inmensidad de lo desconocido.
-Eso es en los Mares del Sur. Aquí el hombre tiene que buscar a pie sus fuentes naturales, su fin natural. Podría caminar por la costa del lago Michigan, las dunas, el viento, las grandes rompientes.
-Willie, Willie- dijo la vieja dulcemente, sacudiendo la cabeza. – Oh, Willie, ¿Qué haré sin ti?
El viejo bajó la voz.
-Déjame seguir mi idea- dijo.
-Sí. – dijo la vieja serenamente. – Sí.
Los ojos se le llenaron de lágrimas.
-Vamos, vamos- dijo el viejo.
-Oh, Willie...- la vieja lo miró largamente. - ¿Crees, de veras, de todo corazón, que no vivirás?
El viejo se vio reflejado, diminuto, pero perfecto, en los ojos de la mujer, y apartó la mirada, turbado.
-Durante toda la noche pensé en la marea universal que trae y se lleva al hombre. Ahora es de mañana y te digo adiós.
-¿Adiós?
Parecía que la vieja no hubiese oído nunca esa palabra.
La voz del viejo vaciló.
-Claro que si insistes, Mildred, me quedaré.
-¡No!- la mujer se dominó y se sonó la nariz. - ¡Tú sientes lo que sientes y yo no puedo impedírtelo!
-¿Estás segura?
-El que está seguro eres tú, Willie- dijo ella. – Vete ahora. Llévate el abrigo. Las noches son frías.
-Pero...
La mujer corrió, le trajo el abrigo, le dio un beso en la mejilla y retrocedió rápidamente antes que él pudiera alcanzarla.
El viejo se quedó allí, buscando palabras, mirando de soslayo el sillón junto al fuego. La mujer abrió la puerta de calle.
-¿Llevas comida?
-No la necesito...- el viejo hizo una pausa. – Llevo un sándwich de jamón cocido en la valija. Uno, nada más. Pienso que no...
El viejo salió por la puerta y bajó las escaleras y tomó el sendero del bosque. De pronto se dio vuelta como para decir algo, pero cambió de idea, agitó la mano y se alejó.
-Bueno, Will- gritó la mujer. - No exageres. No camines demasiado la primera hora. Si te cansas, siéntate. Si tienes hambre, come. Y...
Pero aquí tuvo que interrumpirse y volverse y sacar el pañuelo.
Un momento después miró el sendero, y parecía que nadie hubiese pasado por allí en los últimos diez mil años. Tan desierto estaba que tuvo que entrar y cerrar la puerta.
.....................................................................Continúa....................
Tercera parte
-Bueno- dijo el viejo, y se detuvo. – Bueno, están también los anchos caminos.
-Donde te aplastarán, claro; me había olvidado.
-¡No, no!- El viejo cerró los ojos y los abrió. – los desiertos caminos laterales que no van a ninguna parte, que van a todas partes, por los bosques nocturnos, los desiertos, hacia lagos distantes...
-Me imagino que no alquilarás una canoa y te irás remando. ¿Recuerdas aquella vez que zozobraste y por poco te ahogas en el Muelle de los Bomberos?
-¿Quién habló de canoas?
-¡Tú! Los isleños, los paganos que parten en canoas hacia la inmensidad de lo desconocido.
-Eso es en los Mares del Sur. Aquí el hombre tiene que buscar a pie sus fuentes naturales, su fin natural. Podría caminar por la costa del lago Michigan, las dunas, el viento, las grandes rompientes.
-Willie, Willie- dijo la vieja dulcemente, sacudiendo la cabeza. – Oh, Willie, ¿Qué haré sin ti?
El viejo bajó la voz.
-Déjame seguir mi idea- dijo.
-Sí. – dijo la vieja serenamente. – Sí.
Los ojos se le llenaron de lágrimas.
-Vamos, vamos- dijo el viejo.
-Oh, Willie...- la vieja lo miró largamente. - ¿Crees, de veras, de todo corazón, que no vivirás?
El viejo se vio reflejado, diminuto, pero perfecto, en los ojos de la mujer, y apartó la mirada, turbado.
-Durante toda la noche pensé en la marea universal que trae y se lleva al hombre. Ahora es de mañana y te digo adiós.
-¿Adiós?
Parecía que la vieja no hubiese oído nunca esa palabra.
La voz del viejo vaciló.
-Claro que si insistes, Mildred, me quedaré.
-¡No!- la mujer se dominó y se sonó la nariz. - ¡Tú sientes lo que sientes y yo no puedo impedírtelo!
-¿Estás segura?
-El que está seguro eres tú, Willie- dijo ella. – Vete ahora. Llévate el abrigo. Las noches son frías.
-Pero...
La mujer corrió, le trajo el abrigo, le dio un beso en la mejilla y retrocedió rápidamente antes que él pudiera alcanzarla.
El viejo se quedó allí, buscando palabras, mirando de soslayo el sillón junto al fuego. La mujer abrió la puerta de calle.
-¿Llevas comida?
-No la necesito...- el viejo hizo una pausa. – Llevo un sándwich de jamón cocido en la valija. Uno, nada más. Pienso que no...
El viejo salió por la puerta y bajó las escaleras y tomó el sendero del bosque. De pronto se dio vuelta como para decir algo, pero cambió de idea, agitó la mano y se alejó.
-Bueno, Will- gritó la mujer. - No exageres. No camines demasiado la primera hora. Si te cansas, siéntate. Si tienes hambre, come. Y...
Pero aquí tuvo que interrumpirse y volverse y sacar el pañuelo.
Un momento después miró el sendero, y parecía que nadie hubiese pasado por allí en los últimos diez mil años. Tan desierto estaba que tuvo que entrar y cerrar la puerta.
.....................................................................Continúa....................
martes, 24 de abril de 2012
Un cuento de Ray Bradbury
Tiempo de Partir
..........................................................Fragmento, segunda parte.....................
-Escucha, Mildred – dijo el viejo severamente, tomando la maleta -. Mi mente señala el norte; nada cuanto digas podrá volverme hacia el sur. Estoy en comunión con los manantiales secretos e infinitos del alma primitiva.
-¡Estás en comunión con lo último que lees en esa revistita de trotadores de pantanos! – La vieja apuntó con el dedo.- ¿Crees que no tengo memoria?
Los hombros del viejo cedieron.
-No pasemos lista otra vez, por favor.
-Las veo claramente - dijo el viejo.
-¿Y cuándo fuiste a buscar la tribu perdida de los osseos, o lo que fuese, en algún sitio de Wisconsin? Te ibas al pueblo los sábados por la noche y te emborrachabas, y al fin te caíste en la cantera y te rompiste la pierna y pasaste allí tres noches.
-Tu memoria – dijo el viejo – es perfecta.
El viejo se llevó la mano al pecho.
-Me duele que no confíes en mi propia sensibilidad natural ante el destino inminente.
-Habla, habla- dijo el viejo. – Aquí estoy, como una piedra blanca que se hunde en la Marea del Olvido. Por Dios, mujer, ¿no puedo alejarme para morir en paz?
-Ya te llegará el Olvido cuando te encuentren caído en la leñera , frío como el mármol.
-¡Pilatos!- bufó el viejo. – El reconocimiento de la propia finitud no es sólo vanidad.
-Tú la mascas como si fuese tabaco.
-¡Basta!- dijo el viejo. – Mis bienes terrenales están apilados en el porche del fondo. Dáselos al Ejército de Salvación.
-¿Las Geographic también?
-¡Sí, maldición, las Geographic también! Y ahora, apártate.
-Si vas a morir no necesitarás esa valija- dijo ella.
-¡Quita esas manos, mujer! Quizá demore algunas horas. ¿Por qué privarme de los últimos consuelos del mundo? Esta tendría que ser una tierna escena de despedida. Mira en cambio: recriminaciones, sarcasmos, dudas sembradas a todos los vientos.
-Muy bien- dijo la vieja. Vete al bosque y pasa ahí una noche de frío.
-No tengo porqué ir al bosque.
-¿Y a qué otro lugar puede ir a morir un hombre en Illinois?
...........................................................................................
(Continuará en próxima ntrada)
..........................................................Fragmento, segunda parte.....................
-Escucha, Mildred – dijo el viejo severamente, tomando la maleta -. Mi mente señala el norte; nada cuanto digas podrá volverme hacia el sur. Estoy en comunión con los manantiales secretos e infinitos del alma primitiva.
-¡Estás en comunión con lo último que lees en esa revistita de trotadores de pantanos! – La vieja apuntó con el dedo.- ¿Crees que no tengo memoria?
Los hombros del viejo cedieron.
-No pasemos lista otra vez, por favor.
-¿Qué me dices del episodio del mamut velludo? – preguntó la mujer -. Cuando descubrieron el elefante helado en la tundra rusa, hace treinta años. Qué idea tuvieron, tú y Sam Hartz, ese viejo loco: correr a Siberia y acaparar el mercado mundial de carne envasada de mamut. Te oigo aún: “Imagina los precios que pagarán los miembros de la National Geographic Society. ¡Recibir en la casa de uno la carne tierna del mamut velludo siberiano, de diez mil años de edad, extinguido hace diez mil años!” Aún llevo encima las cicatrices.
-Las veo claramente - dijo el viejo.
-¿Y cuándo fuiste a buscar la tribu perdida de los osseos, o lo que fuese, en algún sitio de Wisconsin? Te ibas al pueblo los sábados por la noche y te emborrachabas, y al fin te caíste en la cantera y te rompiste la pierna y pasaste allí tres noches.
-Tu memoria – dijo el viejo – es perfecta.
-Y ahora me hablas de nativos paganos y del Tiempo de Partir. Te diré qué tiempo es: ¡Es tiempo de Quedarse en Casa! Es tiempo en que la fruta no cae del árbol a la mano. Hay que ir caminando a buscarla a la frutería. ¿Y por qué hay que ir caminando? Alguien en esta casa, no lo nombraré, desarmó el automóvil, como si fuese un reloj, hace algunos años y lo desparramó en el jardín. Otros diez años y sólo quedará un montoncito de herrumbre. ¡Mira por la ventana! Es tiempo de rastrillar y quemar las hojas. Tiempo de podar y de serruchar la leña. Tiempo de limpiar las estufas y poner las persianas. Tiempo de reparar las tejas. Tiempo de todo eso, y si crees que te vas para evitarlo piénsalo mejor.
El viejo se llevó la mano al pecho.
-Me duele que no confíes en mi propia sensibilidad natural ante el destino inminente.
-A mí me duele que National Geographic caiga en manos de viejos locos. Lo lees y enseguida caes en esos sueños que tengo que barrer. A los editores de la Geographic y de la Popular Mechanics habría que traerlos a la bohardilla, el garaje y el sótano para que vieran ahí esos botes, helicópteros y máquinas volantes de alas de murciélago, todo sin terminar. No sólo para que los vieran, sino también para que se los llevaran a sus casas.
-Habla, habla- dijo el viejo. – Aquí estoy, como una piedra blanca que se hunde en la Marea del Olvido. Por Dios, mujer, ¿no puedo alejarme para morir en paz?
-Ya te llegará el Olvido cuando te encuentren caído en la leñera , frío como el mármol.
-¡Pilatos!- bufó el viejo. – El reconocimiento de la propia finitud no es sólo vanidad.
-Tú la mascas como si fuese tabaco.
-¡Basta!- dijo el viejo. – Mis bienes terrenales están apilados en el porche del fondo. Dáselos al Ejército de Salvación.
-¿Las Geographic también?
-¡Sí, maldición, las Geographic también! Y ahora, apártate.
-Si vas a morir no necesitarás esa valija- dijo ella.
-¡Quita esas manos, mujer! Quizá demore algunas horas. ¿Por qué privarme de los últimos consuelos del mundo? Esta tendría que ser una tierna escena de despedida. Mira en cambio: recriminaciones, sarcasmos, dudas sembradas a todos los vientos.
-Muy bien- dijo la vieja. Vete al bosque y pasa ahí una noche de frío.
-No tengo porqué ir al bosque.
-¿Y a qué otro lugar puede ir a morir un hombre en Illinois?
...........................................................................................
(Continuará en próxima ntrada)
lunes, 23 de abril de 2012
Un cuento de Ray Bradbury
Tiempo de Partir
Primera parte
El pensamiento creció tres días y tres noches. Durante el día lo llevaba en la cabeza como un durazno todavía verde. De noche le permitía tomar carne y sustancia, suspendido en el aire callado, coloreado por la luna del campo y las estrellas del campo, y le daba vueltas y vueltas en el silencio que precede al alba. En la cuarta mañana el hombre extendió una mano invisible, tomó el durazno, y se lo comió.
Se levantó rápidamente, quemó las cartas viejas, metió unas pocas en una diminuta valija, y se puso el traje de medianoche y una corbata de color pluma brillante de cuervo, como si estuviese de luto. Sintió que su mujer, en la puerta, detrás, lo observaba con los ojos de un crítico que puede saltar al escenario, en cualquier momento, e interrumpir la función. Pasó junto a ella, rozándola.
-Perdón- murmuró.
-¡Perdón! -gritó la mujer. - ¿Y eso es todo lo que me dices? ¿Escabulléndote, preparando un viaje?
-Yo no lo preparé; ocurrió- dijo el hombre. – Hace tres días tuve la premonición. Supe que iba a morir.
-No digas tonterías- dijo la mujer. – Me pones nerviosa.
Los ojos del hombre reflejaban débilmente el horizonte.
Siento que la sangre me corre más despacio. Me escucho los huesos y es como si estuviese en una boardilla oyendo como crujen las vigas, y se deposita el polvo.
-Tienes apenas setenta y cinco años- dijo la mujer. – Estás de pie sobre tus piernas, ves, oyes, comes y duermes bien, ¿no es verdad? ¿Qué charla es esta?
-La lengua natural de la existencia, hablándome- dijo el viejo. – La civilización nos ha apartado de nuestra propia naturaleza. Piensa en los paganos de las islas...
-¡No se me antoja!
-Los paganos de las islas sienten cuando van a morir. Se despiden entonces de los amigos y abandonan los bienes terrenales...
-¿Y las mujeres, no tienen voz ni voto?
-Dejan a sus mujeres algunos bienes terrenales.
-No faltaba más.
-Y otros a sus amigos...
-¡Eso lo veremos!
-Y otros a sus amigos. Luego, al atardecer, se van remando en sus canoas, y nunca regresan.
La mujer lo miró de arriba abajo como si el viejo fuese una pila de leña seca lista para el hacha.
-¡Deserción!- dijo.
-No, no, Mildred; muerte, pura y simplemente. Tiempo de Partir, así lo llaman.
-¿Y nadie tomó nunca otra canoa y siguió a esos imbéciles, para saber adónde iban?
-Por supuesto que no- dijo el viejo, ligeramente irritado. – Eso lo echaría todo a perder.
-¿Quieres decir que tenían mujeres y amigas bonitas en otra isla?
-No, no, pero el hombre necesita soledad, serenidad, cuando la savia empieza a enfriársele.
-Si pudieses probarme que esos tontos murieron realmente me callaría.- La mujer guiñó un ojo.- ¿Encontraron alguna vez los huesos en esas islas?
-Sólo sé que zarpan, simplemente, al atardecer, como animales que presienten el Gran Momento. Si hay algo más, no lo sé ni me importa.
-Bueno, yo lo sé y me importa – dijo la anciana -. Estuviste leyendo más artículos en National Geographic acerca del Osario de Elefantes.
-¡Cementerio, no osario! – gritó el viejo.
-Cementerio, osario. Creí que había quemado las revistas; ¿tienes ejemplares escondidos?
..............................................................................................
El presente cuento de Ruy Bradbury me ha sido recomendado por un amigo, además de leerlo me pareció importante compartirlo con los amigos del blog.
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