jueves, 15 de junio de 2017

UN CUENTO DE ANA MARÍA MANCEDA


EL ECLIPSE Y LOS VIENTOS. Ana María Manceda ( 1º Premio Internacional certamen “Huellas contemporáneas” CENTRO ESCRITORES NACIONALES. CÓRDOBA 2013)





     
     


  ¿Qué piensa Félix mientras observa la interminable pradera? Los sembradíos se doblan con la brisa y juegan a hacer olas en el inmenso y verde océano pampeano. El traqueteo del tren y su silbido por ahí lo molestan, es que él tiene una música interior, siempre la lleva consigo y ese ruido rompe la armonía.
           Félix se crió en un conventillo de Buenos Aires, de esos con patio en el centro, habitaciones alrededor, escalera, pasillos circulares y más habitaciones habitadas por distintas familias de inmigrantes.  Algunas flores en macetas de tres patas, una madreselva contra el muro del edificio vecino, voces extrañas, mezcladas, resultando un español espasmódico y nostálgico de mares. Pero los inundaba la realidad, el olor del río, su humedad, el resplandor rojizo de los atardeceres pampeanos y en el cielo nocturno la  constelación de la Cruz  del Sur indicando el hemisferio que los cobijaba.  Al lado de su pieza vivía un viejo violinista emigrado de algún país centroeuropeo, escapado de los  progroms. Cuando el músico volvía de su trabajo, luego de un leve descanso y frugal merienda ejecutaba con su violín  Las Cuatro Estaciones de Vivaldi, sin importarle que la melodía se mezclara con la de los tangos y milongas que en el  patio escuchaban los otros inmigrantes. Todo confluía a hacer más cálida la confusión general. Y así por años. Félix había incorporado desde niño  las Cuatro estaciones a su cerebro y el ritual de observar los encuentros de los vecinos en el lugar común. Era único hijo de un obrero textil y una madre laboriosa que ayudaba a la economía familiar, haciendo algunos planchados para personas importantes del vecindario. Se crió a su manera feliz, solo una pequeña sombra acechaba su inteligencia, muy pequeña. Leía y releía un libro de Alejandro  Dumas que su padre había encontrado en el asiento del tren  “El Conde de Montecristo”. Estas lecturas, la escuela primaria aprobada con esfuerzo y el ritual de los vecinos,  fueron las raíces de su infancia. Llegando a la juventud ya tenía un porte agradable y sereno, eso sí, tenía una idea fija, él era un señorito. Según su fantasía el destino le había jugado una mala pasada al hacerlo vivir en ese vecindario pobre pero de alguna manera se haría justicia con él. En la adolescencia sintió profundamente la muerte del viejo músico, fue su primera pérdida real. Pasado los años ahí andaba, ya más maduro, deambulando por la zona, con su fino traje oscuro a rayas, planchado y re-planchado por su madre, camisa blanca,  pelo a la gomina, dejando a su paso una estela perfumada con colonia Atkinsons. Para los vecinos era una figura querida de esa geografía porteña.
          Los comerciantes y clientes de la tintorería, la verdulería y  la carnicería, al verlo pasar lo llamaban para conversar, les divertía su florido lenguaje y  entre comentarios suspicaces  querían lograr alguna confesión de sus amoríos en el burdel del barrio, pero no, solo escuchaban las anécdotas cotidianas  adornadas con algún sello de jerarquía que le atribuía a su persona. ¡Era bueno Félix! ¡Era divertido Félix! Pero algo le fallaba de golpe en su cerebro, venía bien, considerando bien  su acostumbrada verborragia y ¡Zas! Por ahí les salía con una frase o una palabra que los descolocaba. En la brillantez y entusiasmo de su charla, una sombra, como un eclipse repentino, desviaba la coherencia adornada para vagabundear por caminos incomprensibles.  Una tarde de lluvia, de esas que en Buenos Aires parece que el cielo de nubes violetas se desploma sobre la ciudad, Félix se cayó, quiso cruzar por un tablón puesto entre la calle y la vereda, ya que el agua corría como arroyo por la orilla del cordón cuneta.  Los vecinos  acudieron a su socorro  llevándolo de los brazos hacia el calor de la tintorería, allí lo secaron.   ─¡Pobre  Don  Félix! ¿Le duele algo? 
Ya repuesto, tomando un café caliente y en pose de conferencia responde.« No, no gracias, me duele un poco este brazo».
─ ¿Y como fue el accidente Don Félix?« No sé, venía caminando presuroso,  la cabeza gacha debido a la lluvia, subí por el  puentecillo de madera, perdí la equitatura, caí en el pozo y salí ileso».
 Risas generales, no entendían nada ¡Y lo de ileso! El pobre tenía un ojo morado, el brazo dolorido y la rodilla sangrante.
          Mientras  ocurrían  estas vidas en el barrio, también en el país se desarrollaban acontecimientos los cuales no eran nada buenos. En la última etapa del gobierno peronista, el enfrentamiento  entre los oficialistas y los opositores se hacía más violento, esto creó un clima ideal para que las Fuerzas Armadas quisieran provocar un “Golpe de Estado”, situación nada extraordinaria en la historia argentina y en junio de mil novecientos cincuenta y cinco trataron de derrotar al  líder lanzando  toneladas de bombas desde aviones de la Marina de Guerra contra la Casa Rosada y  Plaza de Mayo, con el triste resultado de trescientos muerto y cientos de heridos. El presidente no se encontraba  en su despacho, el golpe fracasó  pero destruyó a varias familias  con la muerte de sus seres queridos que en esos momentos cruzaban la zona sin sospechar la tragedia.
Entre esos muertos estaba el padre de Félix. Como a  Edmond Dantés, el héroe del Conde de Montecristo, el pobre hombre sintió que su vida fue azotada por un vendaval, la tragedia le arrebataba su  armónica existencia. Recorría el vecindario con  aspecto impecable pero su cuerpo delataba el agobio, eso sí, describía la familiar desgracia a cuanto vecino se le ocurriera preguntarle o insinuara solo  una curiosidad en su mirada, entonces su palabrerío parecía confundirse con cada microscópica gota de humedad para intercalarse en  todos los resquicios de ese mundo. Al año, su madre murió de tristeza y Félix quedó solo. Sus vecinos se preocupan por él, lo invitan a comer y en los momentos en que su verborragia se ahogaba en el silencio, ellos le contaban anécdotas y las vicisitudes políticas del país. Ya los militares habían podido realizar  “El Golpe de Estado”, cíclica pesadilla en la historia del siglo XX  de un país humillado.  Cuando escuchaba las historias sentía una enorme tristeza pensando en la muerte inocente de su padre, lo que sí lo entusiasmaba y hacía brillar su expresión era la anécdota sobre un músico que vivía en la Patagonia, en un valle de ensueño, que sacaba  todas las tardes de verano al parque, su piano , para ejecutar las Cuatro Estaciones de Vivaldi. Eso lo obsesionó, imaginaba las notas acariciando los bosques y las montañas y pedía de manera recurrente que le contaran la historia del músico. Un día les dijo a sus vecinos « No sé como hacer, pero me quiero ir de aquí, ya no es mi lugar, quiero vivir cerca del músico en ese pueblo de cuento». Insistía en su deseo pero no sabía como realizarlo. Si en algún momento pensó que el mejor camino era morirse, el deseo de escuchar su música preferida le dio esperanzas, él músico  patagónico era en su imaginación el  abate Faria, quién salvó la vida de Dantés al escuchar éste el sonido que el prisionero hacía para cavar y así poder escapar. Los vecinos se reunieron y tomaron una decisión, lo querían mucho, lo habían visto crecer, llegar a la madurez, sabían que a pesar de su ligera tara era un hombre bueno y comenzaron con los preparativos de arreglarle el viaje. El tintorero le regaló toda la ropa que los dueños habían abandonado, entre ellas un hermoso gamulán con piel en el cuello,  le compraron otras necesarias, su  indispensable colonia, algunos medicamentos, una valija, algo para comer y unos pesos para que pudiera sobrevivir hasta que encontrara un trabajo, cosa que le insistían en sus charlas, dándole consejos hasta el hartazgo, como queriendo sembrar en su mente dispersa, una semilla que él ignoraba que existía. Por supuesto le dieron el pasaje y todas las instrucciones, escritas en un cuaderno, para llegar a esas lejanas tierras donde el músico tocaba su melodía favorita.
           Y llegó el día, luego de meses de preparación Félix partía. Fueron a despedirlo el tintorero, el carnicero y el verdulero, felices de haber hecho una obra de bien con el pobre hombre desolado  que en su niñez y juventud les había brindado momentos tan divertidos. La estación lo deslumbró ¡Tanta gente para viajar, otros que arribaban!  De pronto, a pocos metros de ellos se armó un gran revuelo, un grupo de hombres bien vestidos aplaudían a otro que subía a un vagón posterior al de Félix. Como en un ensueño sintió que él era tan importante personaje ¡Adiós señor Interventor! ¡Éxito en su gobierno! ¡Adiós!  Los amigos de Félix murmuraban, otro acomodado de los milicos que va a gobernar algún pueblo del Territorio Nacional. Por fin subió y acomodó sus valijas, se asomó a la ventanilla, sus dos brazos en alto, se despedía de tan buena gente, éstos sacaron sus pañuelos y gritaban el adiós. Cuando el tren arrancó y las manos de Félix saludaban e iban desapareciendo, los vecinos sintieron el vacío, con los ojos húmedos de tristeza tenían la convicción que nunca más lo verían.
          El paisaje va cambiando al caer la noche, los campos son áridos y comienza a soplar un fuerte viento. En el horizonte la luna llena comienza a aparecer y ocupa con su inmensidad y brillo todos los pensamientos del hombre, siente frío, se acurruca tapado por el hermoso abrigo y mira. No sabe de pasado ni de futuro, solo obsesiones, él es un hombre importante, va en busca de la música que lo deleita. Sin saber por qué siente una profunda tristeza, un páramo en el alma. Es de noche, la luna se está cubriendo por una sombra amenazante, el polvo de tierra levantado por el viento dificulta la visión de algunas mesetas que  parecen fantasmas planos en la lejanía.
           A la madrugada el tren para, se arma un alboroto en  la pequeña estación, los pasajeros se despiertan y espían por las ventanillas ¿Qué sucede?  Aún es de noche, bajan a un hombre en una camilla, lo tapan con una manta, el frío es atroz. ¡Pero si es el Interventor de los milicos! Descubre un pasajero. Luego se enteran, sufrió un ataque cardíaco ¡ Má que pobre tipo!   Si era un acomodado de los golpistas. Amanece muy tarde, a de las nueve de la mañana ya van veinticuatro horas de viaje, a eso de las tres de la tarde arribarán a la última estación. En el trayecto han ido bajando muchos pasajeros en  esos pequeños pueblos perdidos de la Patagonia. Quedan pocos para bajar en la estación final, entre ellos está Félix.
          ¡Por fin! El silbido del tren ensordece, el vapor quiere congelarse en la atmósfera otoñal. Llegan a destino. Don Félix ya preparado, con su valija, bolso, puesto el elegante abrigo, recién peinado y perfumado con su colonia Atkinsons comienza a descender. Su figura se ve imponente, su pelo entrecano brilla y su mirada, ligera, perdida, observa al grupo de gente que está en el andén. Estallan el clarinete y los timbales en una marcha militar a modo de bienvenida. Aplausos.      
  ─ ¡Bienvenido señor Interventor!  ¡Bienvenido!
 Se ve arrastrado por la muchedumbre hacia un antiguo coche, lo suben. Se sienta atrás acompañado por dos vecinos solícitos, se presentan como el gerente de la sucursal bancaria y el presidente de una sociedad de beneficencia, maneja el comisario, a su lado el cura del pueblo.
─ Tome, sírvase un café caliente, hace tanto frío a pesar de estar en otoño y tenemos tres horas de viaje.
 El gerente guarda el termo de café en una caja y saca una botella de coñac y copas.
─ Brindemos por el señor Interventor ¡Salud! ¡¿Y cómo andan las cosas por la Capital?
 «Muy bien, muy bien» Contesta Félix aturdido.
En el trayecto se ve zonas de mallines donde pasta el ganado, algunos pájaros viajan acomodados en los lomos de los animales, los cerros tapizados de bosques y el sol adornando el paisaje de picos congelados. Colorido, belleza. A las dos horas de viaje la comitiva comienza a sentir el cansancio, ese traqueteo del coche por las rutas de ripio, con tramos desparejos y peligrosos, además ¡Hablaron tanto! Los problemas del pueblo, de sus ochocientos habitantes, de la falta de comunicaciones, la radio que se escucha es chilena, sin teléfono, de la calefacción a leña, que las nevadas  pronto los dejará aislados.
─ Usted va a vivir en una casa antigua pero sólida señor Interventor.
«Por favor, llámenme Don Félix, con eso es suficiente»
─ ¡ Ah Don Félix!  ¡Qué tipo sencillo!
 A poco de llegar al pueblo pasan por un sendero cercano a la casa del  músico, éste estaba tocando el piano en el parque, muy abrigado, poseído por la ejecución de su melodía. El señor interventor hace parar el coche_ ¡Ah quiere escuchar a Don Faria! Ya el loco va a tener que tocar adentro de la casa, no aguantará el frío.
Félix está conmocionado, baja del coche y queda estático, siente correr lágrimas por su cara ¡Las Cuatro Estaciones de Vivaldi resonando entre el valle y los cerros! Su búsqueda había terminado! Él sabía que sería un hombre importante, el Conde de Montecristo comenzaba su venganza. Luego de un rato ordenó que sigan el viaje. Los acompañantes creyeron que su emoción era en realidad producto del frío del atardecer. Él, como un señor, que lo era, exultante, apabulló a la comitiva con su verborragia porteña, contando anécdotas reales e imaginarias. Se le mezclaban los tiempos y las geografías, pero acomodaba, enlazaba con alguna palabra los entuertos de su palabrerío. Lo escuchaban extasiados, este sí era un hombre de mundo. Había una pequeña incertidumbre que le preocupaba a Félix ¿Tendría burdel este pueblo? Llegaron. Al entrar a la casa le abrió la puerta una mujer con aspecto indígena, cara bondadosa y trato amable, ella sería quién lo atendería. Se volvió a los señores, agradeció la bienvenida y entró solemne a lo que creyó era un palacio. No sentía temor, él era el Interventor y para cualquier duda acudiría a su libro ¡Ahí estarían todas las repuestas!

jueves, 8 de junio de 2017

UN POEMA DE BEATRIZ BEVAGNA

EL ALMA MIA




Yo pongo el alma mía donde quiero.
Donde los pájaros que anidan en las nubes,
O en los bosques fecundos de los cerros.
Donde el sol bendice los sembrados,
O los devasta y condena con sus rayos.
Allí pongo mi alma,
Donde quiero.
Donde rompen las olas
y se estremece el suelo.
Donde el volcán salvaje,
estalla con lava y estruendo.
Allí pongo mi alma,
Donde quiero.
No trates de atraparla amado mío.
Porque mi alma es libre.
Sino, muero.
Libre como el rayo y como el trueno.
Y es también la lluvia que moja los inviernos.
Libre como nieve inmaculada que,
Sorprende a la noche en su silencio.
Y viste al bosque dormido con su magia.
Allí pongo mi alma,
Donde quiero.
Y no trates de aquietarla amado mío.
Porque mi alma es libre.


Como el viento.
Y es la tormenta de arena en el desierto.
Libre como los ríos y cascadas,
Que se vierten besando la montaña.
Soy el agua helada que corre y se derrama
Cortejando al lago insondable, de esmeralda.
Esa soy yo,
Y esa es mi alma.
Nunca jamás la detengas amor mío.
Aunque se muestre mansa como estanque.
Porque es indomable...Temeraria como fuego.
Ya no me preguntes más por qué me alejo.
O en qué rincón fugaz desaparezco.
Sí.Huyo con mi alma y con mis sueños.
Porque la vida y la espuma,
Duran solo un momento.
Y es que yo busco el infinito ¿sabes?
Porque quiero estar con Dios.
O en los infiernos.



lunes, 3 de abril de 2017

HAIKUS para Villa Vega




Maricarmen Delgado , escritora radicada en San Martín de los Andes, ha volcado sus vivencias con relación al paisaje de su entorno, en este   libro que ella misma  ilustró, encuadernó y presentó en oportunidad de la Feria del libro local , el año pasado. La primera edición de cien ejemplares se agotó y por estos días también la segunda edición de igual número. Es un exquisito libro objeto que Maricarmen, quien también es aficionada a las artes plásticas, ilustró con motivos acordes al género poético que, como es sabido, tiene origen en la cultura japonesa.  





Transcribo   lo que dice la autora   en un fragmento de la Nota Preliminar que acompaña el libro:



"Así son mis Haikus: pequeñas criaturas que me han sorprendido, plasmando en mí la belleza del lugar en que habito; fugaces momentos llenos de emoción; 
luces y sombras del paisajeque me rodea
 y que alienta cotidianamente mi vida."


Dice, en un pasaje  el Pròlogo, la periodista y escritora Graciela Vàzquez Moure:

El haiku logra detener un momento de la vida.
Tres lìneas, 17 sìlabas, la palabra profundiza la imagen y esa poesìa nos devuelve sensaciones, emociones, pero sobre todo, belleza.  
Borges decìa que ese momento se salva para siempre si el poema es feliz.
Podrìamos decir que los momentos que Maricarmen Delgado provoca con sus haikus, logran ese objetivo porque en ellos descubrimos no solo la belleza de la poesìa tipicamente japonesa , sino ademàs la naturaleza de San Martìn de los Andes, màs precisamente de la Vega Plana.
Tres lìneas, 17 sìlabas que en cada haiku de este libro eternizan un momento.




La tierra escucha...                Brilla el lucero.                          Melancolía...
un manto inaudible                Está aclarando el día,               Y una hoja que cae
que la despierta.                    la Vega despierta.                     sobre la tarde.       

miércoles, 1 de marzo de 2017

“Patagonia contra el viento y el olvido” ,Novela Histórica

Novela histórica: “Patagonia contra el viento y el olvido” autor: Sergio J.Giaquinta:
Patagonia, contra el viento y el olvido relata la historia de cómo se inició la colonización argentina en la Patagonia. Basada en los viajes y exploraciones del perito Francisco Pascacio Moreno.
Sergio Giaquinta busca mediante esta narración, que juega con la fantasía y la historia, que el lector conozca el esfuerzo de tan importante prócer para la conformación final del territorio argentino. La figura del perito no fue dimensionada con justicia por la historia oficial, que lo relegó casi hasta el olvido. Solo en la Patagonia se le hacen los honores merecidos,  pero este puede ser el principio de un cambio en esta actitud hacia este héroe civil, característica que podría explicar la causa de esta omisión histórica. Esta historia, llena de aventuras y emociones, no dejará afuera otra realidad histórica que fue el sometimiento y exterminio de los pueblos originales, y la disyuntiva de quienes primero entablaron  relaciones amistosas con los mismos, pero que luego no encontraron la forma de mediar ante el conflicto de intereses por la posesión del territorio.





Sergio  Giaquinta nació en Mar del Plata el 24 de septiembre de 1971. Desde muy chico heredó de sus padres la pasión por la Patagonia. Tierra de paisajes hermosos, rica en historias de esfuerzo y sacrificio. De ahí su admiración hacia la persona y figura del Perito Moreno. Así se unen en esta historia sus afectos: un héroe y un increíble paisaje. La Patagonia Argentina es fuente de inspiración y escenario de este conmovedor relato.

Ilustrado con más de sesenta fotografías históricas en blanco y negro.

sábado, 4 de febrero de 2017

UN POEMA AMBIENTALISTA EN EL ANIVERSARIO DE SAN MARTÍN DE LOS ANDES


"LOS MANZANOS" poema de MIGUEL A. CAMINO


Somos muy pocos

           los pobladores.

Si más vinieran,

           ¡pobres montañas!

¡pobre veguitas!

          Ni los fresales

 ya existirían;

           las sementeras

 los matarían.

          La bestia humana

 por cada mata

          que ufana siembra

o que trasplanta,

           miles arranca,

miles marchita.

           Ya sus manzanos

 no se renuevan

          ni por chupones

ni por semillas.

        Solo sus troncos,

de seculares

         aún resisten

el rudo avance;

          y poco a poco

van sucumbiendo,

          estrangulados

por la maraña


de ramas muertas

          que los agosta

y los inclina.

          Nadie los poda,

nadie los cuida.

          todos desean

que llegue el día

          de la cosecha.

Mas, no lo esperan;

          no están pintonas

aun las manzanas,

          y la canalla

con gruesos palos,

          cañas y piedras

baja con golpes

          los verdes frutos;

destroza gajos,

        gajos enormes

llenos de yemas,

         bellas promesas

de lo futuro;

         y la maraña

mas se entreteje,

         y los manzanos

se desarraigan y palidecen.

        Nadie vigila,

Nadie protege
         esas bellezas;

y todo el mundo

          chicos y grandes

se consideran

           dueños de ellas.

De ahí la lucha

             sorda y aleve

que se establece

            por apropiarse

unos y otros,

            antes que nadie,

de sus riquezas;

           y los destrozos,

incalculables

            e irremediables,

que ocasionan

          con su torpeza.

Así este trozo

         de patria mía,

de selva virgen

          que fuera un día,

perderá pronto

          su lozanía

y de sus bosques

          y sus manzanos

todo el caudal,

         si no se acude

en su defensa,

          se cicatriza

 su ancha herida,

          y no se aplica

con mano enérgica

          remedio al mal.

Y aun, asimismo,

          vendrá el colono

con sus arados…

         Adios, fresales!

Adios radales!

         Adios, michays!

Vendrá el ricacho

          con sus jardines

y sus injertos,

          y, poco a poco,

por renovarlos,

          por ser ya viejos,

o porque estorban

          a su automóvil…

Adios, manzanos!

          Los cortarán.


Por eso quiero

          que mis cantares,

libres de inútil

           palabrerío,

digan que aun lucen

          estos lugares

sus joyas propias

          y naturales;

y si algún día

         desaparecen,

queden mis versos

          como testigos,

como un recuerdo

         de sus pasadas

esplendideces.

                                                                                                        El Autor de este premonitorio poema: Miguel Andrés Camino fue reconocido por el puebo de la ciudad como “El poeta de san Martín de los Andes.

Una calle, en la costa del lago Lacar, al cual también le cantó, lleva su nombre.

Así mismo un aula de la Escuela Provincial Nro. 142 y una sala de la Biblioteca Popular Nueve de Julio.

En este 119 aniversario de San Martín de los Andes, desde este  blog, humildemente adherimos a la fecha con este bello poema de nuestro poeta.




sábado, 17 de diciembre de 2016

"Tregua" por Carlos Buganem

Tregua  
Sentada sobre un promontorio desde donde le gustaba mirar el mar,  vio flotar algo en las aguas agitadas. Mirando a contraluz no pudo estar segura pero vio que avanzaba hacia la costa. Caminó por la playa en dirección al lugar donde estimó que tocaría tierra. Cuando llegó a la pequeña bahía el náufrago estaba acostado junto a un tablón grueso que le había servido para salvar su vida.
Fatigado, apenas podía hablar, Lina lo cubrió con su abrigo. Era un hombre joven y  dijo ser  tripulante de   una  lancha de pescadores que  había naufragado.  Debe ser algo muy reciente porque no he recibido ningún parte, pensó ella.
Era necesario llevarlo para que bebiera algo caliente y se cambiase la ropa mojada, lo ayudó a incorporarse y  sirviéndole de apoyo caminaron alejándose de la playa hacia la casa del faro donde vivía con su padre, el viejo Aurelio,  ya retirado después de toda una vida a cargo del servicio. Ahora la hija había heredado el puesto.
Mientras caminaban a paso lento y deteniéndose de tanto en tanto para darle lugar a que recuperara el aliento, Lina no quiso interrogarlo pero se daba cuenta que no era un pescador. Por suerte Iván era fuerte además de joven, justamente eso le había permitido llegar a la playa con vida.
Padre e hija viviendo allí no podían menos que ser solidarios. La presencia del joven vino a sacarlos de la  rutina que les imponía el lugar, había un pequeño caserío  al otro lado de la isla en torno al  muelle que  servía de embarcadero y  puerta de entrada y salida a la isla.
Lina también era  joven y como su padre, aceptó con agrado la historia que el huésped quiso contarles; su familia vivía en otro país y quería permanecer un tiempo allí. En su fuero interno quería quedarse junto a Lina.
Inevitablemente, pronto nació entre ellos una relación amorosa a la cual Iván aportó su ímpetu de hombre joven y Lina su pasión contenida en una vida ascética junto a su anciano padre. Se amaron y convirtieron el lugar en su paraíso.
Habían pasado tres meses y para entonces ella había recibido un informe radial que hablaba del abordaje por la policía marítima a una lancha de traficantes de estupefacientes, y la búsqueda de un prófugo con las características de quien ahora era el causante  de su felicidad. No le dio la noticia a su padre ni le hizo preguntas a Iván. Disfrutaría mientras durase  esa tregua en su monótona vida. Sabía  que no sería para siempre, pero deseaba que fuera lo más duradera posible
 Cuando cada lunes  ella  tomaba  el viejo jeep para ir al muelle en búsqueda de los víveres y la correspondencia, no permitía que él la acompañase, cualquier forastero era detectado de inmediato por los pocos vecinos del poblado y el riesgo era que alguien delatara su presencia en la isla.

.Coincidió con el momento en que comenzó a notarse que Lina estaba en cinta que Iván manifestó su intención de embarcarse de regreso al mundo de aventurero que era.  
El día de su partida se despidió de Aurelio prometiéndole regresar pronto a  y formuló planes para que su hijo naciera en un hospital de la ciudad más cercana. Lina sabía que se lo seguía buscando y apenas pusiera un pié en la ciudad sería capturado, lo sabía tanto como que sería imposible retener allí, en ese paraje solitario como un retazo de la nada, al aventurero que habitaba en Iván.
El viaje en el viejo Jeep tuvo para los dos enamorados la atmósfera de un cortejo fúnebre. En realidad, pensó ella, era el final de su romance. Ya en el embarcadero permanecieron abrazados y  él esperó hasta último momento para abordar:
-Lina…Amor – comenzó a decir y ella  le rogó: -No digas nada...No quería que la recordase llorando…Se besaron por última vez antes que él saltara al lanchón.
La joven permaneció en el muelle hasta que la embarcación  se perdió de vista tras uno de los  islotes que iluminaba, tenuemente, un haz de luz que se colaba entre la bruma.
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Este relato es parte del libro "Arcoiris Patagónico" Siete autores de San Martín de los Andes, cuentan. prohibido el uso parcial o total.-


miércoles, 14 de diciembre de 2016

¡ NUEVO LIBRO DE NARRATIVA !

"ARCOIRIS PATAGÓNICO" siete autores de San Martín de los Andes cuentan




Los  autores de estos cuentos abordan los temas que son cotidianos, aquellos que muchas veces nos suceden, la realidad y la ficción se entrelazan pra dar rienda suelta al mundo imaginario.
Ese mundo que dicen que está al alcance de nuestra mano, de nuestra conciencia, que solo hay que atreverse para llegar a él. Así los relatos pasan de una dimensión a otra. Los personajes se apoderan de la trama y son ellos quienes deciden su destino.
Fueron escritos en el último año en el que el tiempo y el espacio ya no importan, porque lo que realmente interesa es meterse en los sucesos que narran, que avanzan y retroceden en el tiempo, que pueden transcurriren en este siglo, en los pasados o en un futuro cercano.
Carlos Buganem, Beatriz Bevagna, Roberta Casal, Maricarmen Delgado, Juana Echeverría, Olga Nazar y Cristina Niermann, nos atraviesan con historias que entretienen, nos hacen pensar, nos trasportan a otros mundos en ese juego que de niños vivíamos entre lo verosímil, la fantasía y la realidad posible.
"Arcoiris Patagónico" siete autores de San martín de los Andes, cuentan, es un libro que fue escrito sin aspiraciones ambiciosas, sin estridencias, con el objetivo de compatir historias que pueden ser contadas. Graciela Vázquez Moure