lunes, 31 de julio de 2017

Aniversario de la desaparición de Antoine de Saint Exupéry




Amante de la Aviación, y por ello fue  piloto  además de periodista y escritor. El autor de "Le petit prince" originalmente en francés, su  lengua  o  "El Principito" , en nuestro idioma; también autor de otros libros como "Tierra de hombres", "Piloto de Guerra " y "Vuelo nocturno".  El 31 de julio de 1944, mientras realizaba vuelos de reconocimiento fotográfico , él y su avión desaparecieron en Europa, zonas aéreas de Cerdeña y Córcega.   




El zorro y el principito dos personajes de su inmortal obra.




¿Qué significa domesticar? Había preguntado el principito.
- Es algo que se ha olvidado -dijo el zorro-.Significa crear vínculos.
-¿Crear vínculos? 
-Eso es-dijo el zorro-. Para mí, eres como cualquier muchachito parecido a otros cien mil y no te necesito. Tampoco tú tienes necesidad de mí, porque no soy sino un zorro igual a otros cien mil. Pero si tú me domesticas, nos necesitaremos el uno al otro. Tú serás para mi único en el mundo y yo seré único en el mundo pata ti.
-Empiezo a comprender -dijo el principito-. Hay una flor...Yo creo que ella me domesticó.

Observación: Con la flor, el personaje se refiere a la  rosa que cultivaba en su hábitat, el asteroide B612, en la imaginación de Saint de Exupéry. Y he leído en alguna parte que la rosa, para el autor,  simboliza a la mujer.



jueves, 13 de julio de 2017

SAINT EXUPÉRY, PERIODISTA


“UN SENTIDO DE LA VIDA” es un libro conformado por textos de Antoine de Saint Exupéry, los que  fueron compilados por el esfuerzo de Claude Reynal. Se inicia con un relato bajo el título “El aviador” y siguen artículos escritos por el autor de “El principito” para diarios franceses: unos sobre Rusia y otros sobre la guerra civil española, lugares a donde viajó como cronista.
Lo que sigue es un fragmento del capítulo titulado "MOSCÚ" del libro antes mencionado. El libro fue editado en nuestro país por editorial Troquel, la primera en 1960 y posteriores ediciones en 1962,1964 y 1966.-

HACIA LA U.R.R.S. (1)
DE NOCHE, EN UN TREN , DONDE EN MEDIO DE MINEROS POLACOS REPATRIADOS, MOZART NIÑO DORMÍA… LOS PRINCIPITOS DE LEYENDAS EN NADA SE DIFERENCIABAN DE ÉL.
El otro día describí el 1 de mayo en las calles de Moscú a donde había llegado la víspera. Cedí de ese modo a la actualidad. Pero antes debía haber contado mi viaje. El viaje esalgo así como un prefacio que prepara a comprender un país.

……………………………

Es media noche y, tendido en mi camarote, bajo la pálida luz de la lamparilla, me dejo llevar. Los ejes se entrechocan. A través de los cobres y las maderas recibo el mensaje  de esos latidos arteriales. Algo, afuera, corre. La calidad del sonido varía. Un puente o un muro raspa contra nosotros; pero una estación con sus amplias calzadas produce el silencio como un lecho de arena. Y no sé nada más.

Cientos de viajeros duermen en los coches, dejándose llevar con la misma facilidad que yo. ¿Sienten la misma inquietud que yo siento? Quizá no logre lo que busco. No creo en lo pintoresco. Puede que haya viajado demasiado como para no conocer cuánto engaña. Si un espectáculo nos entretiene, y nos intriga, es porque lo juzgamos aun desde el punto de vista del extranjero. Porque no comprendemos su esencia. Pues lo esencial de una costumbre, de un rito, de una regla de juego, es el sabor que dan a la vida, es el sentido de la vida que crean.

………………………

A eso de la una de la mañana recorrí el tren en toda su longitud. Los coches dormitorios estaban vacíos. Los coches de primera estaban vacíos. Me recordaban esos hoteles de lujo de la Riviera, que se abrían todo un invierno para algún único cliente, último representante de una fauna extinguida. Señal de tiempos amargos.

Pero los coches de tercera albergaban centenares de mineros polacos despedidos, que regresaban a su Polonia. Y yo avanzaba por los corredores pasando por encima de sus cuerpos. Me detenía para mirar. En esos vagones sin división que se parecían a una cuadra que olía a cuartel o a comisaría, distinguía de pie bajo la lamparilla, toda una población confusa, entremezclada por las sacudidas del rápido. Una muchedumbre sumida en pesadillas que retornaba a su miseria. Cabezotas rapadas que rodaban sobre la madera de las banquetas. Hombres, mujeres, niños todos se revolvían de derecha a izquierda, como atacados por todos esos ruidos, todas esas sacudidas que los amenazaba en su olvido. No habían encontrado la hospitalidad de un buen sueño. Y yo tenía la impresión de que habían perdido a medias la calidad humana, arrojados de un extremo a otro de Europa por las corrientes económicas, arrebatados a las casitas del norte, al minúsculo jardín, a las tres macetas de geranio que viera antaño en las ventanas de las casas de los mineros polacos. Sólo pudieron reunir los utensilios de cocina, las mantas y las cortinas en paquetes mal atados, estallando de hernias. Pero tuvieron que separarse de todo lo que acariciaron o hicieron grato, todo lo que habían logrado domesticar en cuatro o cinco años de residencia en Francia: el gato, el perro y el geranio, y sólo llevaban consigo esas baterías de cocina.

Un niño mamaba de una madre tan cansada que parecía adormecida. La vida se trasmitía en medio del absurdo y del desorden de ese viaje. Miré al padre. Un cráneo tosco y desnudo como una piedra. Un cuerpo doblado en el incómodo sueño, aprisionado en las ropas de trabajo hechas de bultos y concavidades. El hombre parecía un uñado de arcilla. Así, por la noche, restos de naufragio que perdieron su forma pesan sobre los bancos de las estaciones. Y yo reflexionaba:

“El problema no reside en esta miseria, en esta suciedad, ni en esta fealdad. Pero  ese hombre y esa mujer se conocieron cierto día. Y sin duda el hombre sonrió a la mujer. Sin duda le ha traído flores, después del trabajo.  Tímido y torpe, quizá temía ser rechazado. Pero la mujer por coquetería natural, la mujer, segura de su gracia, se complacía en inquietarlo. Y el otro, que hoy no es más que una máquina de cavar o golpear, sentía así en su corazón una deliciosa angustia. El misterio consiste en que se haya convertido en ese montón de arcilla. ¿ Por qué molde terrible ha pasado, marcado por él como una máquina de forjar? Un ciervo, una gacela, un animal, conservan su gracia al envejecer. ¿por qué esta hermosa pasta humana se ha arruinado?”

Y proseguí mi viaje entre ese pueblo de sueño turbio como una casa mal afamada. Flotaba un ruido vago, hecho de ronquidos sordos, de quejas oscuras, de quejas oscuras del raspar de zapatones de quienes, doloridos de un costado, probaban volverse sobre el otro…

Y siempre, en sordina, ese incesante acompañamiento de guijarros sacudidos por el mar.

Me senté frente a una pareja. Entre el hombre y la mujer, el niño, como pudo, se había hecho un hueco y dormía. Se dio vuelta durmiendo y su rostro se me apareció bajo la lamparilla. ¡Ah, qué rostro adorable! De esa pareja había nacido un fruto dorado.  ¡De esos toscos trapos había nacido ese triunfo de la gracia y el encanto! Me incliné sobre esa frente lisa, sobre ese dulce hociquito, y me dije: “Este es un rostro de músico, este es Mozart niño, ¡qué bella promesa de la vida! Los principitos de las leyendas en nada se diferenciaban de él. Protegido, cuidado, cultivado, ¿qué no podría llegar a ser? Cuando en los jardines nace por mutación una rosa nueva, todos los jardineros se conmueven. Se aísla la rosa, se la cultiva, se la favorece…Pero para los hombres no hay jardinero. Mozart niño será marcado como los demás por la máquina moldeadora. Mozart tendrá sus mayores alegrías de música corrompida en el hedor de los café-concert. Mozart está condenado…”

Volví a mi vagón. Me dije:

“Esta gente no sufre por su suerte. Lo que me atormenta no es la caridad. No se trata de conmoverse ante una llaga perpetuamente abierta. Los que la llevan ni la sienten. Quien está herido, lastimado, no es el individuo, sino quizá la especie humana. No creo en la piedad. Lo que esta noche me atormenta es el punto de vista del jardinero. Lo que me atormenta no es esta miseria en la que después de todo es tan fácil instalarse como en la pereza. Generaciones de orientales viven en la mugre y se complacen en ello. Lo que me atormenta no puede ser remediado por las sopas populares. Lo que me atormenta no son ni esas concavidades ni esos bultos, ni esa fealdad. Es que, en cada uno de esos hombres, hay algo de Mozart asesinado.”
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(1) El viaje de Saint Exupéry a Rusia tuvo lugar en abril y mayo de 1935, luego de su gira por el Mediterráneo en Conty y Prévot, donde dio una serie de conferencias, y antes de partir para el trágico raid París- Saigón por el simún. Saint-Exupéry llegó el 29 de abril a Moscú.
En las últimas páginas de Tierra de Hombres figuran recuerdos de ese viaje: Mozart asesinado. 
Cf. "Paris-Soir" del 3, 14,16,19,20 y 22 de mayo de 1935.

jueves, 15 de junio de 2017

UN CUENTO DE ANA MARÍA MANCEDA


EL ECLIPSE Y LOS VIENTOS. Ana María Manceda ( 1º Premio Internacional certamen “Huellas contemporáneas” CENTRO ESCRITORES NACIONALES. CÓRDOBA 2013)





     
     


  ¿Qué piensa Félix mientras observa la interminable pradera? Los sembradíos se doblan con la brisa y juegan a hacer olas en el inmenso y verde océano pampeano. El traqueteo del tren y su silbido por ahí lo molestan, es que él tiene una música interior, siempre la lleva consigo y ese ruido rompe la armonía.
           Félix se crió en un conventillo de Buenos Aires, de esos con patio en el centro, habitaciones alrededor, escalera, pasillos circulares y más habitaciones habitadas por distintas familias de inmigrantes.  Algunas flores en macetas de tres patas, una madreselva contra el muro del edificio vecino, voces extrañas, mezcladas, resultando un español espasmódico y nostálgico de mares. Pero los inundaba la realidad, el olor del río, su humedad, el resplandor rojizo de los atardeceres pampeanos y en el cielo nocturno la  constelación de la Cruz  del Sur indicando el hemisferio que los cobijaba.  Al lado de su pieza vivía un viejo violinista emigrado de algún país centroeuropeo, escapado de los  progroms. Cuando el músico volvía de su trabajo, luego de un leve descanso y frugal merienda ejecutaba con su violín  Las Cuatro Estaciones de Vivaldi, sin importarle que la melodía se mezclara con la de los tangos y milongas que en el  patio escuchaban los otros inmigrantes. Todo confluía a hacer más cálida la confusión general. Y así por años. Félix había incorporado desde niño  las Cuatro estaciones a su cerebro y el ritual de observar los encuentros de los vecinos en el lugar común. Era único hijo de un obrero textil y una madre laboriosa que ayudaba a la economía familiar, haciendo algunos planchados para personas importantes del vecindario. Se crió a su manera feliz, solo una pequeña sombra acechaba su inteligencia, muy pequeña. Leía y releía un libro de Alejandro  Dumas que su padre había encontrado en el asiento del tren  “El Conde de Montecristo”. Estas lecturas, la escuela primaria aprobada con esfuerzo y el ritual de los vecinos,  fueron las raíces de su infancia. Llegando a la juventud ya tenía un porte agradable y sereno, eso sí, tenía una idea fija, él era un señorito. Según su fantasía el destino le había jugado una mala pasada al hacerlo vivir en ese vecindario pobre pero de alguna manera se haría justicia con él. En la adolescencia sintió profundamente la muerte del viejo músico, fue su primera pérdida real. Pasado los años ahí andaba, ya más maduro, deambulando por la zona, con su fino traje oscuro a rayas, planchado y re-planchado por su madre, camisa blanca,  pelo a la gomina, dejando a su paso una estela perfumada con colonia Atkinsons. Para los vecinos era una figura querida de esa geografía porteña.
          Los comerciantes y clientes de la tintorería, la verdulería y  la carnicería, al verlo pasar lo llamaban para conversar, les divertía su florido lenguaje y  entre comentarios suspicaces  querían lograr alguna confesión de sus amoríos en el burdel del barrio, pero no, solo escuchaban las anécdotas cotidianas  adornadas con algún sello de jerarquía que le atribuía a su persona. ¡Era bueno Félix! ¡Era divertido Félix! Pero algo le fallaba de golpe en su cerebro, venía bien, considerando bien  su acostumbrada verborragia y ¡Zas! Por ahí les salía con una frase o una palabra que los descolocaba. En la brillantez y entusiasmo de su charla, una sombra, como un eclipse repentino, desviaba la coherencia adornada para vagabundear por caminos incomprensibles.  Una tarde de lluvia, de esas que en Buenos Aires parece que el cielo de nubes violetas se desploma sobre la ciudad, Félix se cayó, quiso cruzar por un tablón puesto entre la calle y la vereda, ya que el agua corría como arroyo por la orilla del cordón cuneta.  Los vecinos  acudieron a su socorro  llevándolo de los brazos hacia el calor de la tintorería, allí lo secaron.   ─¡Pobre  Don  Félix! ¿Le duele algo? 
Ya repuesto, tomando un café caliente y en pose de conferencia responde.« No, no gracias, me duele un poco este brazo».
─ ¿Y como fue el accidente Don Félix?« No sé, venía caminando presuroso,  la cabeza gacha debido a la lluvia, subí por el  puentecillo de madera, perdí la equitatura, caí en el pozo y salí ileso».
 Risas generales, no entendían nada ¡Y lo de ileso! El pobre tenía un ojo morado, el brazo dolorido y la rodilla sangrante.
          Mientras  ocurrían  estas vidas en el barrio, también en el país se desarrollaban acontecimientos los cuales no eran nada buenos. En la última etapa del gobierno peronista, el enfrentamiento  entre los oficialistas y los opositores se hacía más violento, esto creó un clima ideal para que las Fuerzas Armadas quisieran provocar un “Golpe de Estado”, situación nada extraordinaria en la historia argentina y en junio de mil novecientos cincuenta y cinco trataron de derrotar al  líder lanzando  toneladas de bombas desde aviones de la Marina de Guerra contra la Casa Rosada y  Plaza de Mayo, con el triste resultado de trescientos muerto y cientos de heridos. El presidente no se encontraba  en su despacho, el golpe fracasó  pero destruyó a varias familias  con la muerte de sus seres queridos que en esos momentos cruzaban la zona sin sospechar la tragedia.
Entre esos muertos estaba el padre de Félix. Como a  Edmond Dantés, el héroe del Conde de Montecristo, el pobre hombre sintió que su vida fue azotada por un vendaval, la tragedia le arrebataba su  armónica existencia. Recorría el vecindario con  aspecto impecable pero su cuerpo delataba el agobio, eso sí, describía la familiar desgracia a cuanto vecino se le ocurriera preguntarle o insinuara solo  una curiosidad en su mirada, entonces su palabrerío parecía confundirse con cada microscópica gota de humedad para intercalarse en  todos los resquicios de ese mundo. Al año, su madre murió de tristeza y Félix quedó solo. Sus vecinos se preocupan por él, lo invitan a comer y en los momentos en que su verborragia se ahogaba en el silencio, ellos le contaban anécdotas y las vicisitudes políticas del país. Ya los militares habían podido realizar  “El Golpe de Estado”, cíclica pesadilla en la historia del siglo XX  de un país humillado.  Cuando escuchaba las historias sentía una enorme tristeza pensando en la muerte inocente de su padre, lo que sí lo entusiasmaba y hacía brillar su expresión era la anécdota sobre un músico que vivía en la Patagonia, en un valle de ensueño, que sacaba  todas las tardes de verano al parque, su piano , para ejecutar las Cuatro Estaciones de Vivaldi. Eso lo obsesionó, imaginaba las notas acariciando los bosques y las montañas y pedía de manera recurrente que le contaran la historia del músico. Un día les dijo a sus vecinos « No sé como hacer, pero me quiero ir de aquí, ya no es mi lugar, quiero vivir cerca del músico en ese pueblo de cuento». Insistía en su deseo pero no sabía como realizarlo. Si en algún momento pensó que el mejor camino era morirse, el deseo de escuchar su música preferida le dio esperanzas, él músico  patagónico era en su imaginación el  abate Faria, quién salvó la vida de Dantés al escuchar éste el sonido que el prisionero hacía para cavar y así poder escapar. Los vecinos se reunieron y tomaron una decisión, lo querían mucho, lo habían visto crecer, llegar a la madurez, sabían que a pesar de su ligera tara era un hombre bueno y comenzaron con los preparativos de arreglarle el viaje. El tintorero le regaló toda la ropa que los dueños habían abandonado, entre ellas un hermoso gamulán con piel en el cuello,  le compraron otras necesarias, su  indispensable colonia, algunos medicamentos, una valija, algo para comer y unos pesos para que pudiera sobrevivir hasta que encontrara un trabajo, cosa que le insistían en sus charlas, dándole consejos hasta el hartazgo, como queriendo sembrar en su mente dispersa, una semilla que él ignoraba que existía. Por supuesto le dieron el pasaje y todas las instrucciones, escritas en un cuaderno, para llegar a esas lejanas tierras donde el músico tocaba su melodía favorita.
           Y llegó el día, luego de meses de preparación Félix partía. Fueron a despedirlo el tintorero, el carnicero y el verdulero, felices de haber hecho una obra de bien con el pobre hombre desolado  que en su niñez y juventud les había brindado momentos tan divertidos. La estación lo deslumbró ¡Tanta gente para viajar, otros que arribaban!  De pronto, a pocos metros de ellos se armó un gran revuelo, un grupo de hombres bien vestidos aplaudían a otro que subía a un vagón posterior al de Félix. Como en un ensueño sintió que él era tan importante personaje ¡Adiós señor Interventor! ¡Éxito en su gobierno! ¡Adiós!  Los amigos de Félix murmuraban, otro acomodado de los milicos que va a gobernar algún pueblo del Territorio Nacional. Por fin subió y acomodó sus valijas, se asomó a la ventanilla, sus dos brazos en alto, se despedía de tan buena gente, éstos sacaron sus pañuelos y gritaban el adiós. Cuando el tren arrancó y las manos de Félix saludaban e iban desapareciendo, los vecinos sintieron el vacío, con los ojos húmedos de tristeza tenían la convicción que nunca más lo verían.
          El paisaje va cambiando al caer la noche, los campos son áridos y comienza a soplar un fuerte viento. En el horizonte la luna llena comienza a aparecer y ocupa con su inmensidad y brillo todos los pensamientos del hombre, siente frío, se acurruca tapado por el hermoso abrigo y mira. No sabe de pasado ni de futuro, solo obsesiones, él es un hombre importante, va en busca de la música que lo deleita. Sin saber por qué siente una profunda tristeza, un páramo en el alma. Es de noche, la luna se está cubriendo por una sombra amenazante, el polvo de tierra levantado por el viento dificulta la visión de algunas mesetas que  parecen fantasmas planos en la lejanía.
           A la madrugada el tren para, se arma un alboroto en  la pequeña estación, los pasajeros se despiertan y espían por las ventanillas ¿Qué sucede?  Aún es de noche, bajan a un hombre en una camilla, lo tapan con una manta, el frío es atroz. ¡Pero si es el Interventor de los milicos! Descubre un pasajero. Luego se enteran, sufrió un ataque cardíaco ¡ Má que pobre tipo!   Si era un acomodado de los golpistas. Amanece muy tarde, a de las nueve de la mañana ya van veinticuatro horas de viaje, a eso de las tres de la tarde arribarán a la última estación. En el trayecto han ido bajando muchos pasajeros en  esos pequeños pueblos perdidos de la Patagonia. Quedan pocos para bajar en la estación final, entre ellos está Félix.
          ¡Por fin! El silbido del tren ensordece, el vapor quiere congelarse en la atmósfera otoñal. Llegan a destino. Don Félix ya preparado, con su valija, bolso, puesto el elegante abrigo, recién peinado y perfumado con su colonia Atkinsons comienza a descender. Su figura se ve imponente, su pelo entrecano brilla y su mirada, ligera, perdida, observa al grupo de gente que está en el andén. Estallan el clarinete y los timbales en una marcha militar a modo de bienvenida. Aplausos.      
  ─ ¡Bienvenido señor Interventor!  ¡Bienvenido!
 Se ve arrastrado por la muchedumbre hacia un antiguo coche, lo suben. Se sienta atrás acompañado por dos vecinos solícitos, se presentan como el gerente de la sucursal bancaria y el presidente de una sociedad de beneficencia, maneja el comisario, a su lado el cura del pueblo.
─ Tome, sírvase un café caliente, hace tanto frío a pesar de estar en otoño y tenemos tres horas de viaje.
 El gerente guarda el termo de café en una caja y saca una botella de coñac y copas.
─ Brindemos por el señor Interventor ¡Salud! ¡¿Y cómo andan las cosas por la Capital?
 «Muy bien, muy bien» Contesta Félix aturdido.
En el trayecto se ve zonas de mallines donde pasta el ganado, algunos pájaros viajan acomodados en los lomos de los animales, los cerros tapizados de bosques y el sol adornando el paisaje de picos congelados. Colorido, belleza. A las dos horas de viaje la comitiva comienza a sentir el cansancio, ese traqueteo del coche por las rutas de ripio, con tramos desparejos y peligrosos, además ¡Hablaron tanto! Los problemas del pueblo, de sus ochocientos habitantes, de la falta de comunicaciones, la radio que se escucha es chilena, sin teléfono, de la calefacción a leña, que las nevadas  pronto los dejará aislados.
─ Usted va a vivir en una casa antigua pero sólida señor Interventor.
«Por favor, llámenme Don Félix, con eso es suficiente»
─ ¡ Ah Don Félix!  ¡Qué tipo sencillo!
 A poco de llegar al pueblo pasan por un sendero cercano a la casa del  músico, éste estaba tocando el piano en el parque, muy abrigado, poseído por la ejecución de su melodía. El señor interventor hace parar el coche_ ¡Ah quiere escuchar a Don Faria! Ya el loco va a tener que tocar adentro de la casa, no aguantará el frío.
Félix está conmocionado, baja del coche y queda estático, siente correr lágrimas por su cara ¡Las Cuatro Estaciones de Vivaldi resonando entre el valle y los cerros! Su búsqueda había terminado! Él sabía que sería un hombre importante, el Conde de Montecristo comenzaba su venganza. Luego de un rato ordenó que sigan el viaje. Los acompañantes creyeron que su emoción era en realidad producto del frío del atardecer. Él, como un señor, que lo era, exultante, apabulló a la comitiva con su verborragia porteña, contando anécdotas reales e imaginarias. Se le mezclaban los tiempos y las geografías, pero acomodaba, enlazaba con alguna palabra los entuertos de su palabrerío. Lo escuchaban extasiados, este sí era un hombre de mundo. Había una pequeña incertidumbre que le preocupaba a Félix ¿Tendría burdel este pueblo? Llegaron. Al entrar a la casa le abrió la puerta una mujer con aspecto indígena, cara bondadosa y trato amable, ella sería quién lo atendería. Se volvió a los señores, agradeció la bienvenida y entró solemne a lo que creyó era un palacio. No sentía temor, él era el Interventor y para cualquier duda acudiría a su libro ¡Ahí estarían todas las repuestas!

jueves, 8 de junio de 2017

UN POEMA DE BEATRIZ BEVAGNA

EL ALMA MIA




Yo pongo el alma mía donde quiero.
Donde los pájaros que anidan en las nubes,
O en los bosques fecundos de los cerros.
Donde el sol bendice los sembrados,
O los devasta y condena con sus rayos.
Allí pongo mi alma,
Donde quiero.
Donde rompen las olas
y se estremece el suelo.
Donde el volcán salvaje,
estalla con lava y estruendo.
Allí pongo mi alma,
Donde quiero.
No trates de atraparla amado mío.
Porque mi alma es libre.
Sino, muero.
Libre como el rayo y como el trueno.
Y es también la lluvia que moja los inviernos.
Libre como nieve inmaculada que,
Sorprende a la noche en su silencio.
Y viste al bosque dormido con su magia.
Allí pongo mi alma,
Donde quiero.
Y no trates de aquietarla amado mío.
Porque mi alma es libre.


Como el viento.
Y es la tormenta de arena en el desierto.
Libre como los ríos y cascadas,
Que se vierten besando la montaña.
Soy el agua helada que corre y se derrama
Cortejando al lago insondable, de esmeralda.
Esa soy yo,
Y esa es mi alma.
Nunca jamás la detengas amor mío.
Aunque se muestre mansa como estanque.
Porque es indomable...Temeraria como fuego.
Ya no me preguntes más por qué me alejo.
O en qué rincón fugaz desaparezco.
Sí.Huyo con mi alma y con mis sueños.
Porque la vida y la espuma,
Duran solo un momento.
Y es que yo busco el infinito ¿sabes?
Porque quiero estar con Dios.
O en los infiernos.



lunes, 3 de abril de 2017

HAIKUS para Villa Vega




Maricarmen Delgado , escritora radicada en San Martín de los Andes, ha volcado sus vivencias con relación al paisaje de su entorno, en este   libro que ella misma  ilustró, encuadernó y presentó en oportunidad de la Feria del libro local , el año pasado. La primera edición de cien ejemplares se agotó y por estos días también la segunda edición de igual número. Es un exquisito libro objeto que Maricarmen, quien también es aficionada a las artes plásticas, ilustró con motivos acordes al género poético que, como es sabido, tiene origen en la cultura japonesa.  





Transcribo   lo que dice la autora   en un fragmento de la Nota Preliminar que acompaña el libro:



"Así son mis Haikus: pequeñas criaturas que me han sorprendido, plasmando en mí la belleza del lugar en que habito; fugaces momentos llenos de emoción; 
luces y sombras del paisajeque me rodea
 y que alienta cotidianamente mi vida."


Dice, en un pasaje  el Pròlogo, la periodista y escritora Graciela Vàzquez Moure:

El haiku logra detener un momento de la vida.
Tres lìneas, 17 sìlabas, la palabra profundiza la imagen y esa poesìa nos devuelve sensaciones, emociones, pero sobre todo, belleza.  
Borges decìa que ese momento se salva para siempre si el poema es feliz.
Podrìamos decir que los momentos que Maricarmen Delgado provoca con sus haikus, logran ese objetivo porque en ellos descubrimos no solo la belleza de la poesìa tipicamente japonesa , sino ademàs la naturaleza de San Martìn de los Andes, màs precisamente de la Vega Plana.
Tres lìneas, 17 sìlabas que en cada haiku de este libro eternizan un momento.




La tierra escucha...                Brilla el lucero.                          Melancolía...
un manto inaudible                Está aclarando el día,               Y una hoja que cae
que la despierta.                    la Vega despierta.                     sobre la tarde.       

miércoles, 1 de marzo de 2017

“Patagonia contra el viento y el olvido” ,Novela Histórica

Novela histórica: “Patagonia contra el viento y el olvido” autor: Sergio J.Giaquinta:
Patagonia, contra el viento y el olvido relata la historia de cómo se inició la colonización argentina en la Patagonia. Basada en los viajes y exploraciones del perito Francisco Pascacio Moreno.
Sergio Giaquinta busca mediante esta narración, que juega con la fantasía y la historia, que el lector conozca el esfuerzo de tan importante prócer para la conformación final del territorio argentino. La figura del perito no fue dimensionada con justicia por la historia oficial, que lo relegó casi hasta el olvido. Solo en la Patagonia se le hacen los honores merecidos,  pero este puede ser el principio de un cambio en esta actitud hacia este héroe civil, característica que podría explicar la causa de esta omisión histórica. Esta historia, llena de aventuras y emociones, no dejará afuera otra realidad histórica que fue el sometimiento y exterminio de los pueblos originales, y la disyuntiva de quienes primero entablaron  relaciones amistosas con los mismos, pero que luego no encontraron la forma de mediar ante el conflicto de intereses por la posesión del territorio.





Sergio  Giaquinta nació en Mar del Plata el 24 de septiembre de 1971. Desde muy chico heredó de sus padres la pasión por la Patagonia. Tierra de paisajes hermosos, rica en historias de esfuerzo y sacrificio. De ahí su admiración hacia la persona y figura del Perito Moreno. Así se unen en esta historia sus afectos: un héroe y un increíble paisaje. La Patagonia Argentina es fuente de inspiración y escenario de este conmovedor relato.

Ilustrado con más de sesenta fotografías históricas en blanco y negro.