martes, 4 de diciembre de 2012

POEMAS DE ALEJANDRO FINZI

la Costa que todavía crece


las mujeres que conversan detrás de los bancos despintados

las mujeres que caminan y que se abandonan en la sombra

la sombra extensa que desaparece en la tierra

la tierra bañada por el sol de la tarde

la tarde las mujeres que conversan en voz baja

voz baja de árboles dormidos por el viento

el viento que lame las ventanas los bancos las paredes

las paredes donde alguien se apoya

alguien como los brazos del viento que acuna a las mujeres

las mujeres que miran cómo el invierno les cae entre las piernas

las piernas dulces largas apretadas que esconden el sexo de las polleras amarillas

polleras amarillas como las hojas caídas en otoño

otoño amable sin nada que hacer

sin nada que hacer manos quietas boca quieta cabellos que se despeinan

cabellos que se despeinan y que repiten el gesto de las ramas

las ramas que mueren

mueren aquellos los que se ven lejanos

lejanos recuerdos pocas palabras

palabras de mujeres apagadas

apagadas como sus recuerdos

recuerdos mareas del mar

mar dientes blancos

blancos portales cerrados y quietos

cerrados párpados que esconden el otoño

que esconden el otoño y sueñan

que esconden el otoño y sueñan
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Del libro "La costa que todavía crece y otros poemas" del profesor y dramaturgo Alejandro Finzi,
publicado por Ediciones con doble Z; agosto de 2012.-
En la contratapa del libro se lee: La costa que todavía crece es un poemario de Alejandro Finzi (Buenos Aires 1951) conocido nacional e internacionalmente por sus 31 estrenos como dramaturgo. Incluye Albatri, textos de la ópera que tuvo gran resonancia en los 90 y Cuando la ciudad abre los ojos de la noche, publicado en 1975.



sábado, 10 de noviembre de 2012

"MARTÍN FIERRO" de JOSÉ HERNÁNDEZ

                  Retrato del Autor (1834-1886) En cuyo homenaje se eligió la fecha de su    nacimiento para conmemorar el Día de la Tradición Argentina 

Esta obra es parte fundamental de la literatura argentina. Fue publicada en 1872 y  consta de dos partes:

 la primera titulada "El Gaucho Martín Fierro", se compone de trece  cantos.

La segunda parte, titulada "La Vuelta de Martín Fierro" fue publicada en 1879. Se compone de treinta y tres  cantos.


Siguen algunas estrofas de la Primera parte del poema:

Soy gaucho, y entiéndaló

como mi lengua lo esplica:

para mi la tierra es chica

y pudiera ser mayor;

ni la víbora me pica

ni quema mi frente el sol.



Nací como nace el peje

en el fondo de la mar;

naides me puede quitar

aquello que Dios me dio:

lo que al mundo truje yo

del mundo lo he de llevar.



Mi gloria es vivir tan libre

como el pájaro del cielo;

no hago nido en este suelo

ande hay tanto que sufrir,

y naides me ha de seguir

cuando yo remuento el vuelo.



Yo no tengo en el amor

quien me venga con querellas;

como esas aves tan bellas

que saltan de rama en rama,

yo hago en el trébol mi cama,

y me cubren las estrellas.



Y sepan cuantos escuchan

de mis penas el relato

que nunca peleo ni mato

sino por necesidá

y que a tanta alversidá

sólo me arrojó el mal trato.



Y atiendan la relación

que hace un gaucho perseguido,

que padre y marido ha sido

empeñoso y diligente,

y sin embargo la gente

lo tiene por un bandido.


Este cuadro del pintor Darío Mastrosimone alude al hombre de campo y una de sus faenas, y cuyo auxiliar principal es el caballo. El gaucho fue el hombre de campo de aquellaépoca, que magistralmente describió Hernández;  y por qué no de la atual en que, ciertamente se sigue denominando gaucho, al hombre que practica y mantiene las tradiciones del trabajo en el campo, en especial las de cuidado de la hacienda.-

miércoles, 17 de octubre de 2012

San Martín de los Andes





El poeta argentino Miguel Andrés Camino, (1877-1944), se inspiró en costumbres y tradiciones regionales. Obras:Chacayaleras (1921); Chaquiras (1926), etc.


C R E D O

Creo en Dios como en estas montañas

que de todos colores se visten.


Creo en Dios como creo en el Lago

que en añiles de cielo se tiñe.


Creo en Dios como creo en mi lazo

cuando al aspa del toro se ciñe.



Creo en Dios porque Él hizo el caballo,

la vaca, la oveja, la isoca y el cisne.



( Y vosotros que andáis a la vera

de todas las cosas que al sol se derriten,



si no creéis que hay un Dios de los pobres

que consuela y conforta al humilde,



al llegar de la muerte al palenque,

del dolor no tendréis quien os libre,



pues la Ciencia no ha hecho el milagro

de un remedio que cure a los tristes.)


Creo en Dios como creo en los cerros,

que son de la tierra las ásperas crines.


Creo en Dios y en mi fiel compañera,

que es todo lo bueno que puede pedirse.


Miguel A. Camino

viernes, 14 de septiembre de 2012

JOSÉ SARAMAGO


Leí hace poco: “Memorial del Convento”

(Una novela delas más calificadas del genial escritor portugués. En ella se encuentran datos de los manejos del reino y de la iglesia, la construcción de fastuosas catedrales, en particular la de Mafra, en Portugal, el sufrimiento de los más humildes de donde salían los trabajadores: picapedreros, albañiles;  y entrelazados en los aconteceres históricos la historia de un fraile empeñado en concretar su proyecto de construir una máquina voladora , y otra historia de amor entre dos seres del estrato más pobre de esasociedad: Blimunda y Baltasar. Demás decir que la recomiendo totalmente)
Fragmentos
Aparte de la conversación de las mujeres, son los sueños los que sostienen el mundo en su órbita. Pero son también los sueños los que le ponen una corona de lunas, por eso el cielo es el resplandor que hay dentro de la cabeza de los hombres, si no es la cabeza d los hombres el propio y único cielo.

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Descansaron aquí y allá en el camino, callados, ni que decir tenían, si hasta una simple palabra sobra si es la vida la que está cambiando, mucho más si somos nosotros los que cambiamos con ella. En cuanto a la levedad del fardo, así debería ser siempre, llevar consigo mujer y hombre lo que tienen, y cada uno de ellos al otro, para no tener que volver sobre los mismos pasos, es siempre tiempo perdido , y basta.
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sábado, 18 de agosto de 2012

SIMONE DE BEAUVOIR "Todos los Hombres son Mortales"

                                            SIMONE DE BEAUVOIR
“TODOS LOS HOMBRES SON MORTALES” (Novela)


Comentario :

En su novela "TODOS LOS HOMBRES SON MORTALES" la célebre escritora relata parte de la historia de la humanidad, mediante las vivencias de un personaje inmortal y por ende ficcional, el que es protagonista de acontecimientos sociales en las cortes italianas del Renacimiento, las luchas religiosas en Europa, participa en guerras y en los entretelones diplomáticos, explora las costas de América recién descubierta, renaciendo dos siglos después como un noble francés, posteriormente conspirador republicano que finalmente en la historia del relato será un hombre cualquiera del siglo XX. Pero el personaje continuará viviendo...


En la trama se entretejen los amores del personaje, que por sobrevivir a todos los seres que amó, mujeres e hijos, amigos; buscará, deseará ser rescatado de la eternidad que deja de ser un privilegio para convertirse en una tediosa perpetuidad-


El planteo, la trama, el esquema demuestran la genialidad de la célebre Simone de Beauvoir en una novela que, siendo amena en el hilo narrativo, permite conocer vivencias de los hechos históricos tanto como de las vivencias y avatares sociales del ser humano a través de la historia.

Fragmentos:
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-¿Qué es vivir?-Esta vida no significa nada. ¡Qué locura querer dominar un mundo que no significa nada!

-Hay momentos en que un fuego arde en los corazones: eso es lo que llaman vivir.

-Los comprendo. Ahora los comprendo. Lo que cobra valor ante los ojos de ellos no es lo que reciben : es lo que hacen. Si no pueden crear, tienen que destruir, pero de todas maneras deben rechazar lo que ya existe: de lo contrario no serían hombres. Y a nosotros, a los que pretendemos forjar el mundo en lugar de ellos y aprisionarlos, sólo pueden odiarnos. Este orden, esta paz con la que soñamos serían para ellos la peor de las maldiciones…
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La enterraron dos días después. Su tumba se erigía en medio del cementerio, piedra entre las piedras, ocupando bajo el cielo justo el lugar de una tumba; después de la ceremonia todos se fueron, dejando tras ellos a Mariana , su tumba, su muerte. Yo permanecí sentado sobre la lápida; sabía que la muerta no estaba en la tumba; habían extendido allí el cadáver de una anciana con el corazón lleno de amargura; pero Mariana con sus sonrisas, sus esperanzas, sus besos , su ternura continuaba de pie al borde del pasado; yo todavía la veía, todavía podía hablarle, sonreírle, sentía pesar esa mirada que había hecho de mi un hombre entre los hombres: dentro de un instante la puerta volvería a cerrarse , yo quería impedir que se cerrara. Había que no moverse, no ver nada, no oir nada, renegar de ese mundo presente; me extendí boca abajo contra la tierra, cerré los ojos; con todas mis fuerzas tendidas mantenía la puerta abierta, impedía que el presente naciera para que el pasado continuara existiendo.
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Había dos tendencias opuestas en el partido republicano. Unos continuaba atados a los privilegios de la burguesía; reclamaban la libertad: la reclamaban únicamente para ellos; sólo deseaban reformas políticas y rechazaban la idea de cualquier reglamentación social, pues sólo querían ver en ella una nueva sujeción. Por el contrario, Armando y sus amigos sostenían que la libertad no podía ser el privilegio de una clase, y que solamente el advenimiento del socialismo permitiría a los obreros alcanzarla. Nada comprometía más gravemente el éxito de la revolución como una división semejante, y no me asombraba de que Armando tratara de concertar esa unión tan apasionadamente.
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Aquí un pensamiento de la autora acerca de la muerte, tema que aparece repetidas veces en sus escritos.
"No hay muerte natural: nada de lo que sucede al hombre es natural puesto que su sola presencia pone en cuestión al mundo. La muerte es un accidente, y aun si los hombres la conocen y la aceptan, es una violencia indebida."

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Otra de sus novelas, la primera que leí, se titula" Una muerte muy dulce"  en la cual  narra el proceso de enfermedad y muerte de su madre , en tanto va realizando reflexiones acerca de la relación de ella con su progenitora.-

lunes, 25 de junio de 2012

LIBRO RECOMENDADO (Poesía Alemana)

Para quienes gustan de la obra de Bertolt Brecht, este libro dedicado a sus poesías es una selección excelente en la cual, y como dice el título del mismo, contiene ochenta de sus poemas.-

Título: "Bertolt Brecht 80 poemas y canciones"
            Traducción y selección Jorge Hacker
             Adiana Hidalgo Editora
                          2008
El prólogo, escrito por quien realizó la   traducción y selección, JORGE HACKER,    dice en su primer párrafo: Posiblemente la verdad desnuda de lo que Brecht pensaba y sentía se encuantra en sus poemas. Muchos de ellos suenan como confesiones, otros son denuncias y alegatos claramente ideológicos o didácticos, y otros -más personales- participan de esa mezcla de pasión y reflexión  con la que observaba y expresaba el amor. Todos son cantos a su oficio, la dramaturgia, y a la única amante a la que fue fiel toda su vida: el teatro.
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Aquí una de las poesías que componen el libro recomendado:

RECUERDO DE MARÍA A.

Aquella tarde, aquel azul septiembre
quietos bajo un ciruelo en flor
la tuve entre mis brazos como un sueño
entre mis brazos aquel antiguo amor.
Encima nuestro en el cielo del verano
seguí una nube con la vista largo tiempo
 era tan blanca y parecía tan alta.
Cuando volví a mirarla, se escapó en el viento.


Desde aquel día pasaron muchas lunas
nadando en la quietud sin detención.
De los ciruelos ya habrán hecho leña
y tú preguntas qué se hizo de mi amor.
Tengo que contestarte: no me acuerdo.
O no, ya sé, ahora me acuerdo bien.
Pero su cara no, no pude reencontrarla.
De lo único que estoy seguro: la besé.                                                                                         



Pero aun el beso lo hubiera olvidado                                                                   
 a no ser por esa nube que pasó.
Esa la tengo bien presente para siempre
era muy blanca y desde arriba descendió.
Puede que los ciruelos sigan floreciendoy
y que ya tenga siete hijos aquella mujer
pero esa nube sólo  floreció pocos minutos
cuando volví a mirarla ya no la encontré.
                                                                     Autor Bertolt Brecht

viernes, 15 de junio de 2012

Irma Cuña, poeta neuquina

PRODIGA



Volví a la luz extensa del verano

y al viento circular de las esquinas.

Neuquén es un cristal,

un cuarzo sepia.

Pueblo desconocido

donde inventé el espejo de una historia

y la poblé de cascos en el aire.

(en aquel aire ululador y tenso).

Un aire tangible

que más parece un agua, una corriente,

un surtidor horizontal

-un brazo-

que el natural camino de la cara.

Y otra vez ese polvo amarillento

y esas piedras hundidas

Entre pelos de pastos requemados.

Patria de negación: sin

verdes,

rojos,

alas,

concavidades.

Sólo este movimiento del planeta

espiral o de flecha,

bamboleo.

Fui a buscarte quetzales,

mariposas,

enormes colas de serpientes vivas,

venados tímidos,

turquesas,

y me has devuelto el filo del silencio

y el ardor de la arena

para siempre.

La autora: Irma Cuña: Docente Universitaria. Doctora en Letras. Nacida en Neuquén.
Entre las entradas antiguas de este blog se puede encontrar su poesía Volveré, en la cual refiere a la creencia que el fruto del michay,planta típica de la cordillera patagónica.-
Por más datos se puede visitar diversos sitios de internet; uno de ellos:  interpatagonia.com

martes, 12 de junio de 2012

IRMA CUÑA poetisa neuquina


Casi una niña,
el collar de claros corales a la espalda,
huyes vestida de gasa, de lila, de rosa.
Llevas los ojos en los pies que no alcanzo,
los ojos en las manos escondidas,
los ojos en la cara sin huésped.
Dejas una espuma
ahilada
de trigo,
una confusión de lino
en tanto aire,
la copa de amapolas desvaídas,
el mundo de polen en vuelo.
Reclinada en la ausencia del agua,
segura entre rocas invisibles,
la almohada de silex te espera como una concha áspera.
La niña flor va por el aire
entre los dedos lisos de las ramas,
sin tocar el hilván de la luz,
separada,
mujer de muro mielado,
olvidada del sol,
mariposa confusa,
caléndula,
uva moscatel que el otoño mueve.
De espaldas,
sola,
por innumerables senderos
las hojas caen sin ruido
y ella desciende una colina
hoja a hoja
hoja a hoja
y un paso
y luego el otro
entre los troncos.
Hacia abajo pesa su estatura y su sombra;
en cada pie soporta el cuerpo.
el cielo atrás
la empuja
hacia un valle invisible.
ella
solamente
desciende,
paso a paso, como un collar de gotas.
por los senderos,
grávida,
su lluvia redonda estremece la tierra
y atrás de su talón se va secando la humedad,
cualquiera huella.

Corre un momento,
atrapa un mimbre alto,
pero siempre
desciende
paso a paso
hacia el posible valle,
contra el cielo.

domingo, 3 de junio de 2012

Un cuento de SAKI



Sredni Vashtar
                                                                



Esa noche, en la casilla, hubo un cambio en el culto al dios cajón. Hasta entonces, Conradín no había hecho más que cantar sus oraciones: ahora pidió un favor.
-Una sola cosa te pido, Sredni Vashtar.
No especificó su pedido. Sredni Vashtar era un dios, y un dios nada lo ignora. Y ahogando un sollozo, mientras echaba una mirada al otro rincón vacío, Conradín regresó a ese otro mundo que detestaba.
Y todas las noches, en la acogedora oscuridad de su dormitorio, y todas las tardes, en la penumbra de la casilla, se elevó la amarga letanía de Conradín:
-Una sola cosa te pido, Sredni Vashtar.
La señora De Ropp notó que las visitas a la casilla no habían cesado, y un día llevó a cabo una inspección más completa.
-¿Qué guardas en ese cajón cerrado con llave? -le preguntó-. Supongo que son conejitos de la India. Haré que se los lleven a todos.
Conradín apretó los labios, pero la mujer registró su dormitorio hasta descubrir la llave, y luego se dirigió a la casilla para completar su descubrimiento. Era una tarde fría y Conradín había sido obligado a permanecer dentro de la casa. Desde la última ventana del comedor se divisaba entre los arbustos la casilla; detrás de esa ventana se instaló Conradín. Vio entrar a la mujer, y la imaginó después abriendo la puerta del cajón sagrado y examinando con sus ojos miopes el lecho de paja donde yacía su dios. Quizá tantearía la paja movida por su torpe impaciencia. Conradín articuló con fervor su plegaria por última vez. Pero sabía al rezar que no creía. La mujer aparecería de un momento a otro con esa sonrisa fruncida que él tanto detestaba, y dentro de una o dos horas el jardinero se llevaría a su dios prodigioso, no ya un dios, sino un simple hurón de color pardo, en un cajón. Y sabía que la Mujer terminaría como siempre por triunfar, y que sus persecuciones, su tiranía y su sabiduría superior irían venciéndolo poco a poco, hasta que a él ya nada le importara, y la opinión del médico se vería confirmada. Y como un desafío, comenzó a cantar en alta voz el himno de su ídolo amenazado:
Sredni Vashtar avanzó:
Sus pensamientos eran pensamientos rojos y sus dientes eran blancos.
Sus enemigos pidieron paz, pero él le trajo muerte.
 
Sredni Vashtar el hermoso.
De pronto dejó de cantar y se acercó a la ventana.
La puerta de la casilla seguía entreabierta. Los minutos pasaban. Los minutos eran largos, pero pasaban. Miró a los estorninos que volaban y corrían por el césped; los contó una y otra vez, sin perder de vista la puerta. Una criada de expresión agria entró para preparar la mesa para el té. Conradín seguía esperando y vigilando. La esperanza gradualmente se deslizaba en su corazón, y ahora empezó a brillar una mirada de triunfo en sus ojos que antes sólo habían conocido la melancólica paciencia de la derrota. Con una exultación furtiva, volvió a gritar el peán de victoria y devastación. Sus ojos fueron recompensados: por la puerta salió un animal largo, bajo, amarillo y castaño, con ojos deslumbrados por la luz del crepúsculo y oscuras manchas mojadas en la piel de las mandíbulas y del cuello. Conradín se hincó de rodillas. El Gran Hurón de los Pantanos se dirigió al arroyuelo que estaba al extremo del jardín, bebió, cruzó un puentecito de madera y se perdió entre los arbustos. Ese fue el tránsito de Sredni Vashtar.
-Está servido el té -anunció la criada de expresión agria-. ¿Dónde está la señora?
-Fue hace un rato a la casilla -dijo Conradín.
Y mientras la criada salió en busca de la señora, Conradín sacó de un cajón del aparador el tenedor de las tostadas y se puso a tostar un pedazo de pan. Y mientras lo tostaba y lo untaba con mucha mantequilla, y mientras duraba el lento placer de comérselo, Conradín estuvo atento a los ruidos y silencios que llegaban en rápidos espasmos desde más allá de la puerta del comedor. El estúpido chillido de la criada, el coro de interrogantes clamores de los integrantes de la cocina que la acompañaba, los escurridizos pasos y las apresuradas embajadas en busca de ayuda exterior, y luego, después de una pausa, los asustados sollozos y los pasos arrastrados de quienes llevaban una carga pesada.
-¿Quién se lo dirá al pobre chico? ¡Yo no podría! -exclamó una voz chillona.
Y mientras discutían entre sí el asunto, Conradín se preparó otra tostada.
......................................................Fin........................................
 El autor:
 SAKI es el seudónimo por el cual es más conocido que por su nombre Héctor Hugh Munro (1870.1916) 
Nació en Birmania ( Indochina) donde su padre inglés  era  funcionario de policía. Siendo muy pequeño muere su madre y entonces el futuro escritor,dramaturgo y periodista, es criado por la abuela y dos tías de severas costumbres. El cuento aquí reproducido tiene seguramente motivación en  su propia infancia. 
Su vida es muy aventurera  y transcurre en distintos países, incluso regresa a Birmania e ingresa a la policía por tres años. Muere en Francia, en el campo de batalla, durante  la primera guerra mundial, habiéndose enrolado como soldado, a pesar de no estar obligado por la edad. Vivió cuarenta y seis años. Cuánto más hubiera acrecentado su obra literaria si el flagelo de la guerra no lo hubiera arrebatado en la plenitud de su vida. (Mayor información sobre este interesante autor, se puede encontrar en www.ciudadseva.com así como en Wikipedia) ; a propósito en este sitio se dice que las últimas palabras de SAKI en la trinchera, fueron:"¡Apagad ese maldito cigarrillo!"

sábado, 2 de junio de 2012

Un cuento de SAKI

Sredni Vashtar

La Mujer se entregaba a la religión una vez por semana, en una iglesia de los alrededores, y obligaba a Conradín a que la acompañara, pero el servicio religioso significaba para el niño una traición a sus propias creencias. Pero todos los jueves, en el musgoso y oscuro silencio de la casilla, Conradín oficiaba un místico y elaborado rito ante el cajón de madera, santuario de Sredni Vashtar, el gran hurón. Ponía en el altar flores rojas cuando era la estación y moras escarlatas cuando era invierno, pues era un dios interesado especialmente en el aspecto impulsivo y feroz de las cosas; en cambio, la religión de la Mujer, por lo que podía observar Conradín, manifestaba la tendencia contraria.
En las grandes fiestas espolvoreaba el cajón con nuez moscada, pero era condición importante del rito que las nueces fueran robadas. Las fiestas eran variables y tenían por finalidad celebrar algún acontecimiento pasajero. En ocasión de un agudo dolor de muelas que padeció por tres días la señora De Ropp, Conradín prolongó los festivales durante todo ese tiempo, y llegó incluso a convencerse de que Sredni Vashtar era personalmente responsable del dolor. Si el malestar hubiera durado un día más, la nuez moscada se habría agotado.
La gallina del Houdán no participaba del culto de Sredni Vashtar. Conradín había dado por sentado que era anabaptista. No pretendía tener ni la más remota idea de lo que era ser anabaptista, pero tenía una íntima esperanza de que fuera algo audaz y no muy respetable. La señora De Ropp encarnaba para Conradín la odiosa imagen de la respetabilidad.
Al cabo de un tiempo, las permanencias de Conradín en la casilla despertaron la atención de su tutora.
-No le hará bien pasarse el día allí, con lo variable que es el tiempo -decidió repentinamente, y una mañana, a la hora del desayuno, anunció que había vendido la gallina del Houdán la noche anterior. Con sus ojos miopes atisbó a Conradín, esperando que manifestara odio y tristeza, que estaba ya preparada para contrarrestar con una retahíla de excelentes preceptos y razonamientos. Pero Conradín no dijo nada: no había nada que decir. Algo en esa cara impávida y blanca la tranquilizó momentáneamente. Esa tarde, a la hora del té, había tostadas: manjar que por lo general excluía con el pretexto de que haría daño a Conradín, y también porque hacerlas daba trabajo, mortal ofensa para la mujer de la clase media.
-Creí que te gustaban las tostadas -exclamó con aire ofendido al ver que no las había tocado.
-A veces -dijo Conradín.
...............................Continuará........................

viernes, 1 de junio de 2012

Un cuento de SAKI


Sredni Vashtar



 Conradín tenía diez años y, según la opinión profesional del médico, el niño no viviría cinco años más. Era un médico afable, ineficaz, poco se le tomaba en cuenta, pero su opinión estaba respaldada por la señora De Ropp, a quien debía tomarse en cuenta. La señora De Ropp, prima de Conradín, era su tutora, y representaba para él esos tres quintos del mundo que son necesarios, desagradables y reales; los otros dos quintos, en perpetuo antagonismo con aquéllos, estaban representados por él mismo y su imaginación. Conradín pensaba que no estaba lejos el día en que habría de sucumbir a la dominante presión de las cosas necesarias y cansadoras: las enfermedades, los cuidados excesivos y el interminable aburrimiento. Su imaginación, estimulada por la soledad, le impedía sucumbir.
La señora De Ropp, aun en los momentos de mayor franqueza, no hubiera admitido que no quería a Conradín, aunque tal vez habría podido darse cuenta de que al contrariarlo por su bien cumplía con un deber que no era particularmente penoso. Conradín la odiaba con desesperada sinceridad, que sabía disimular a la perfección. Los escasos placeres que podía procurarse acrecían con la perspectiva de disgustar a su parienta, que estaba excluida del reino de su imaginación por ser un objeto sucio, inadecuado.

En el triste jardín, vigilado por tantas ventanas prontas a abrirse para indicarle que no hiciera esto o aquello, o recordarle que era la hora de ingerir un remedio, Conradín hallaba pocos atractivos. Los escasos árboles frutales le estaban celosamente vedados, como si hubieran sido raros ejemplares de su especie crecidos en el desierto. Sin embargo, hubiera resultado difícil encontrar quien pagara diez chelines por su producción de todo el año. En un rincón, casi oculta por un arbusto, había una casilla de herramientas abandonada, y en su interior Conradín halló un refugio, algo que participaba de las diversas cualidades de un cuarto de juguetes y de una catedral. La había poblado de fantasmas familiares, algunos provenientes de la historia y otros de su imaginación; estaba también orgulloso de alojar dos huéspedes de carne y hueso. En un rincón vivía una gallina del Houdán, de ralo plumaje, a la que el niño prodigaba un cariño que casi no tenía otra salida. Más atrás, en la penumbra, había un cajón, dividido en dos compartimentos, uno de ellos con barrotes colocados uno muy cerca del otro. Allí se encontraba un gran hurón de los pantanos, que un amigo, dependiente de carnicería, introdujo de contrabando, con jaula y todo, a cambio de unas monedas de plata que guardó durante mucho tiempo. Conradín tenía mucho miedo de ese animal flexible, de afilados colmillos, que era, sin embargo, su tesoro más preciado. Su presencia en la casilla era motivo de una secreta y terrible felicidad, que debía ocultársele escrupulosamente a la Mujer, como solía llamar a su prima. Y un día, quién sabe cómo, imaginó para la bestia un nombre maravilloso, y a partir de entonces el hurón de los pantanos fue para Conradín un dios y una religión.
...........................................Continuará....................................

martes, 22 de mayo de 2012

Bertolt Brecht


Bertolt Brecht


Reseña biográfica
Poeta y dramaturgo alemán (  n.Augsburgo en 1898-f. Berlín Este:1956. )

Sitio Consultado: www.amediavoz.com/brecht.htm

Otra obra dramática de Brecht es "Los Fusiles de Madre Carrar" cuya traducción alguna vez he leído en español, se ubica en 1937 en una casa de pescadores de Andalucía (España).Se incluye a continuación el fragmento de un comentario, que pueden leer completo en el sitio:http://tumagteatro.blogspot.com.ar/


Madre Carrar es una viuda renuente a que sus hijos, por razones morales y religiosas participen en la lucha armada. Los hechos inmediatos, en vertiginoso desarrollo, terminan por cercarla y envolverla en ese remolino de violencia que la conducirá al frente de batalla, al lado de su hermano y de su hijo menor sobreviviente.
Esta obra, señala el autor, se desarrolla “una noche de abril, de 1937, en una casa de pescadores de Andalucía”. Es un momento, nada más, de lo que sucedió en ese laboratorio de la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Civil Española, monumental fracaso de convivencia que costó a España un millón de muertos y un millón de exiliados.

 Siendo estudiante de medicina  servió en un hospital de la Armada alemana durante la Iª Guerra mundial.
Por su  ideología marxista debió exiliarse sucesivamente en Dinamarca, Finlandia, Rusia, Estados Unidos y finalmente Suiza.
De esta época datan importantes producciones de corte social y político, con  tendencia anti-burguesa y en ocasiones satírica: "Tambores en la noche" 1922, "La ópera de cuatro cuartos" 1928, "Galileo" 1939,"La buena persona de Sezuan"1940, "Madre Coraje" 1941 y "La inevitable ascensión de Arturo Ui" 1942, entre otras.
La gran dimensión de su obra dramática y poética sólo fue reconocida en 
los últimos años de su vida y ha trascendido hasta la actual generación.

lunes, 14 de mayo de 2012

Bertolt Brecht


La infanticida Marie Farrar 

1
Marie Farrar, nacida en abril,
menor, sin señas particulares, raquítica, huérfana,
hasta el presente no fichada, dice haber
asesinado a un niño de la siguiente manera:

Que ya en el segundo mes intentó
en lo de una mujer que vivía en un sótano
abortarlo con dos inyecciones, que declara
fueron dolorosas. Pero no quiso salir.
Y a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás.

2
A pesar de ello dice haber pagado en el acto
lo convenido y desde entonces haber usado faja,
también bebió kerosen con pimienta molida;
pero que todo eso no hizo sino provocarle diarrea.
Que su cuerpo se hinchó a ojos vistas y que tuvo
dolores agudos, mientras lavaba los platos, muchas veces.
Ella misma, dice, aún no había dejado de crecer.
Que le rezó a la virgen, con mucha esperanza.
En cuanto a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar,
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás.

3
Al parecer, las oraciones no dieron resultado.
También, era mucho pedir. Cuando se puso más gruesa
le daban mareos durante la misa. Sentía el cuerpo húmedo
de miedo, cuando se arrodillaba al pie del altar.
Sin embargo, mantuvo en secreto su estado,
hasta que finalmente la sorprendió el parto.
Pudo ocultarlo todo, seguramente porque nadie creía que ella
tan sin gracia, hubiera caído en la tentación.
Y a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar
Puesto toda criatura necesita ayuda de todas las demás.

4
Que ese día, según ella, muy de madrugada
al lavar la escalera sintió que le clavaban
uñas en el vientre. El dolor la estremecía.
Y, sin embargo, logró disimularlo.
Todo el día. Mientras cuelga la ropa
la cabeza le estalla: de repente se da cuenta
que va a parir y siente un gran peso
sobre el corazón. Solo muy tarde sube al cuarto.
Pero a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás.

5
La llamaron de nuevo cuando ya se había acostado,
había nevado y tuvo que barrer.
Así hasta las once. Aquel fue un largo día.
Solo entrada la noche pudo parir en paz.
Y dio a luz, así declara, a un niño varón,
a un hijo que era igual a otros hijos,
pero ella no era igual que otras madres, eso
quiero aclararlo sin ironía y sin mayor motivo.
En cuanto a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás.

6
Dejémosla que siga relatando
lo que con ese hijo pasó
(dijo que no pensaba guardarse una palabra)
para que todos lo sepan y se ubiquen.
Dice que a poco de acostarse sintió intenso malestar,
sin saber qué podría ocurrir,
pues estaba sola, y que se forzó a no gritar.
Y yo a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás.

7
Con sus últimas fuerzas, dice que luego,
como su cuarto estaba helado, se arrastró
hasta el retrete y allí (no recuerda exactamente
en qué momento), sin más vueltas, parió
hacia el amanecer. Dice que entonces se sintió
muy confusa, y luego, ya medio congelada,
porque en el baño de servicio entra la nieve,
apenas tuvo fuerzas para alzar al niño.
En cuanto a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás.

8
Luego, entre el baño y la pieza -dice que hasta entonces
no había pasado nada-, la criatura
comenzó a gritar, eso la alteró de tal manera,
que la golpeó con ambos puños y con fuerza,
ciegamente, dice, hasta que se calló.
Luego de ello se llevó el cuerpito consigo
a la cama por el resto de la noche
y de mañana lo escondió en el lavadero.
Pero a ustedes, les ruego, se abstengan de juzgar
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás.

9
Marie Farrar, nacida en abril,
muerta en la prisión de Meissen
madre soltera, sentenciada, quiere
mostrarles los sufrimientos de todas las criaturas.
Ustedes que dan a luz en limpias
camas de maternidad y llaman
"benditos" a sus vientres preñados quieran
no condenar a los débiles perdidos
pues sus pecados fueron duros y su dolor fue grande.
Por eso, les ruego, se abstengan de juzgar
Pues toda criatura necesita ayuda de todas las demás.

sábado, 12 de mayo de 2012

Bertolt Brecht




                                             El jardín del edén de Jan Brueghel y Rubens 
Canción de la mujer

1. De noche junto al río en el oscuro corazón de los arbustos
a veces vuelvo a ver su rostro, el de la mujer que amé: mi
mujer, que murió.

2. Hace ya muchos años, y a ratos ya no sé nada de ella, la
que antes lo fue todo, pero todo se marchita.

3. Y ella era en mí como un pequeño enebro en las estepas de
Mongolia, cóncavas, con el cielo amarillo pálido y de gran tristeza.

4. Vivíamos en una cabaña negra junto al río, Los mosquitos 
solían perforar su blanco cuerpo, y yo leía el periódico
siete veces o decía: tu pelo tiene un color sucio. O: no tienes corazón.

5. Pero un día, cuando estaba yo lavando mi camisa en la
cabaña, ella se acercó a la puerta y me miró y quería salir.

6. Y quien le había pegado hasta cansarse, dijo: ángel mío.

7. Y quien le había dicho te quiero la condujo fuera y
riendo miró al aire y alabó el buen tiempo y le dio la mano.

8. Como ya estaban afuera, al aire libre, y la cabaña estaba
desierta, cerró la puerta y se sentó tras el periódico.

9. Desde entonces no la he vuelto a ver, y de ella sólo quedó
el gritito que dio cuando por la mañana volvió a la puerta que
ya estaba cerrada.

10. Ahora la cabaña se ha podrido y mi pecho está relleno de
papel de periódico y por las noches tumbado junto al río en
el oscuro corazón de los arbustos me acuerdo de ella.

11. El viento lleva olor a hierba en el pelo y el agua grita sin
fin pidiendo calma a Dios, y en mi lengua tengo un sabor amargo.

Versión de Jesús Munárriz y Jenaro Talens


Este poema y otros del mismo autor pueden leerse ingresando al sitio: WWW.amediavoz.com/brecht.htm

lunes, 7 de mayo de 2012

Bertolt Brecht




Preguntas de un obrero que lee


                                    Pintura: Desocupados , de Antonio Berni (Argentino)

¿Quién construyó Tebas, la de las Siete Puertas?
En los libros figuran sólo nombres de reyes.
¿Acaso arrastraron ellos los bloques de piedra?
Y Babilonia, mil veces destruida,
¿quién la volvió a levantar otras tantas? Quienes edificaron
la dorada Lima, ¿en qué casas vivían?
¿Adónde fueron la noche
en que se terminó la Gran Muralla, sus albañiles?
Llena está de arcos triunfales
Roma la grande. Sus cesares
¿sobre quiénes triunfaron? Bizancio,
tantas veces cantada, para sus habitantes
¿sólo tenía palacios? Hasta en la legendaria
Atlántida, la noche en que el mar se la tragó, los que se ahogaban
pedían, bramando, ayuda a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India.
¿Él solo?
César venció a los galos.
¿No llevaba siquiera a un cocinero?
Felipe II lloró al saber su flota hundida.
¿No lloró más que él?
Federico de Prusia ganó la guerra de los Treinta Años.
¿Quién la ganó también?
Un triunfo en cada página,
¿Quién preparaba los festines?
Un gran hombre cada diez años.
¿Quién pagaba los gastos?

A tantas historias,
tantas preguntas.


Grabado antiguo sobre la esclavitud de personas africanas.

domingo, 29 de abril de 2012

Un cuento de Ray Bradbury


Tiempo de Partir
                                                                     Fragmento final





-Noche, las nueve, las nueve y cuarto, las estrellas brillantes, la luna redonda, las luces rosadas de las ventanas, los cometas de fuego en las chimeneas que suspiran calor. Bajo las chimeneas, ruido de marmitas y sartenes y cubiertos, fuego en el hogar, como un enorme gato de color anaranjado. En la cocina, el horno de hierro llameante, ollas que hierven, burbujean, fríen, vapores y humos en el aire. De vez en cuando, la anciana se volvía y escuchaba con los ojos y la boca, el mundo fuera de casa, fuera del fuego y la comida.
Las nueve y media, allá lejos un ruido sólido, entrecortado.
La anciana se enderezó y dejó la cuchara.
Afuera, otra vez, los golpes secos, sólidos a la luz de la luna. El ruido continuó durante tres o cuatro minutos, y la vieja se movió apenas, apretando los labios o los puños con cada golpe. Luego, la mujer se lanzó al fogón, a la mesa, revolviendo, vertiendo, levantando, llevando, ordenando.
En seguida se oyeron otros ruidos en la oscuridad, más allá de las ventanas. Un rumor de pasos lentos en el sendero, zapatos pesados en el porche.
La vieja se acercó a la puerta y esperó el llamado.
No se oyó nada.
La vieja esperó un minuto. Afuera en el porche un bulto se sacudía y se movía de un lado al otro, tímidamente.
Al fin la vieja suspiró y le gritó a la puerta.
-Will, ¿eres tú quien respira ahí?
Ninguna respuesta. Un silencio tímido en el porche. La mujer abrió bruscamente la puerta.
El viejo estaba allí, con un increíble haz de leña en los brazos. La voz llegó desde detrás de la leña:
-Vi humo en la chimenea; pensé que quizá necesitarías leña.
La vieja se hizo a un lado. El viejo entró y puso la leña junto al hogar, sin mirar a su mujer.
La vieja fue al porche y recogió la valija y entró y cerró la puerta.
Vio que él se había sentado a la mesa.
Revolvió la sopa que hervía en la cocina.
-¿El asado está en el horno?- preguntó el viejo serenamente.
La mujer abrió la puerta del horno. El vapor flotó en el cuarto envolviendo al viejo. El viejo cerró los ojos.
-¿Qué es ese otro olor?- preguntó un momento después. - ¿El olor a quemado?
La mujer esperó un momento, de espaldas, y dijo:
-National Geographics.
El viejo asintió lentamente, sin decir nada.
Luego la comida apareció sobre la mesa, caliente y trémula. Luego de un momento de silencio la vieja se sentó y miró a su marido, sacudió la cabeza, miró otra vez, y sacudió de nuevo la cabeza.
-¿Quieres pedir tú la bendición?- dijo.
-Tú- dijo el viejo.
Sentados en la habitación cálida junto al fuego brillante, inclinaron las cabezas y cerraron los ojos. La mujer sonrió y comenzó:
-Gracias, Señor...
...................................................................................Autor: Ray Bradbury

viernes, 27 de abril de 2012

Ray Bradbury

Tiempo de Partir
                                                                



                                                                      Tercera parte
-Bueno- dijo el viejo, y se detuvo. – Bueno, están también los anchos caminos.


-Donde te aplastarán, claro; me había olvidado.

-¡No, no!- El viejo cerró los ojos y los abrió. – los desiertos caminos laterales que no van a ninguna parte, que van a todas partes, por los bosques nocturnos, los desiertos, hacia lagos distantes...

-Me imagino que no alquilarás una canoa y te irás remando. ¿Recuerdas aquella vez que zozobraste y por poco te ahogas en el Muelle de los Bomberos?

-¿Quién habló de canoas?

-¡Tú! Los isleños, los paganos que parten en canoas hacia la inmensidad de lo desconocido.

-Eso es en los Mares del Sur. Aquí el hombre tiene que buscar a pie sus fuentes naturales, su fin natural. Podría caminar por la costa del lago Michigan, las dunas, el viento, las grandes rompientes.

-Willie, Willie- dijo la vieja dulcemente, sacudiendo la cabeza. – Oh, Willie, ¿Qué haré sin ti?

El viejo bajó la voz.

-Déjame seguir mi idea- dijo.

-Sí. – dijo la vieja serenamente. – Sí.

Los ojos se le llenaron de lágrimas.

-Vamos, vamos- dijo el viejo.

-Oh, Willie...- la vieja lo miró largamente. - ¿Crees, de veras, de todo corazón, que no vivirás?

El viejo se vio reflejado, diminuto, pero perfecto, en los ojos de la mujer, y apartó la mirada, turbado.

-Durante toda la noche pensé en la marea universal que trae y se lleva al hombre. Ahora es de mañana y te digo adiós.

-¿Adiós?

Parecía que la vieja no hubiese oído nunca esa palabra.

La voz del viejo vaciló.

-Claro que si insistes, Mildred, me quedaré.

-¡No!- la mujer se dominó y se sonó la nariz. - ¡Tú sientes lo que sientes y yo no puedo impedírtelo!

-¿Estás segura?

-El que está seguro eres tú, Willie- dijo ella. – Vete ahora. Llévate el abrigo. Las noches son frías.

-Pero...

La mujer corrió, le trajo el abrigo, le dio un beso en la mejilla y retrocedió rápidamente antes que él pudiera alcanzarla.

El viejo se quedó allí, buscando palabras, mirando de soslayo el sillón junto al fuego. La mujer abrió la puerta de calle.

-¿Llevas comida?

-No la necesito...- el viejo hizo una pausa. – Llevo un sándwich de jamón cocido en la valija. Uno, nada más. Pienso que no...

El viejo salió por la puerta y bajó las escaleras y tomó el sendero del bosque. De pronto se dio vuelta como para decir algo, pero cambió de idea, agitó la mano y se alejó.

-Bueno, Will- gritó la mujer. - No exageres. No camines demasiado la primera hora. Si te cansas, siéntate. Si tienes hambre, come. Y...

Pero aquí tuvo que interrumpirse y volverse y sacar el pañuelo.

Un momento después miró el sendero, y parecía que nadie hubiese pasado por allí en los últimos diez mil años. Tan desierto estaba que tuvo que entrar y cerrar la puerta.
.....................................................................Continúa....................

martes, 24 de abril de 2012

Un cuento de Ray Bradbury

Tiempo de Partir



..........................................................Fragmento, segunda parte.....................

-Escucha, Mildred – dijo el viejo severamente, tomando la maleta -. Mi mente señala el norte; nada cuanto digas podrá volverme hacia el sur. Estoy en comunión con los manantiales secretos e infinitos del alma primitiva.


-¡Estás en comunión con lo último que lees en esa revistita de trotadores de pantanos! – La vieja apuntó con el dedo.- ¿Crees que no tengo memoria?

Los hombros del viejo cedieron.

-No pasemos lista otra vez, por favor.

-¿Qué me dices del episodio del mamut velludo? – preguntó la mujer -. Cuando descubrieron el elefante helado en la tundra rusa, hace treinta años. Qué idea tuvieron, tú y Sam Hartz, ese viejo loco: correr a Siberia y acaparar el mercado mundial de carne envasada de mamut. Te oigo aún: “Imagina los precios que pagarán los miembros de la National Geographic Society. ¡Recibir en la casa de uno la carne tierna del mamut velludo siberiano, de diez mil años de edad, extinguido hace diez mil años!” Aún llevo encima las cicatrices.

-Las veo claramente - dijo el viejo.

-¿Y cuándo fuiste a buscar la tribu perdida de los osseos, o lo que fuese, en algún sitio de Wisconsin? Te ibas al pueblo los sábados por la noche y te emborrachabas, y al fin te caíste en la cantera y te rompiste la pierna y pasaste allí tres noches.

-Tu memoria – dijo el viejo – es perfecta.

-Y ahora me hablas de nativos paganos y del Tiempo de Partir. Te diré qué tiempo es: ¡Es tiempo de Quedarse en Casa! Es tiempo en que la fruta no cae del árbol a la mano. Hay que ir caminando a buscarla a la frutería. ¿Y por qué hay que ir caminando? Alguien en esta casa, no lo nombraré, desarmó el automóvil, como si fuese un reloj, hace algunos años y lo desparramó en el jardín. Otros diez años y sólo quedará un montoncito de herrumbre. ¡Mira por la ventana! Es tiempo de rastrillar y quemar las hojas. Tiempo de podar y de serruchar la leña. Tiempo de limpiar las estufas y poner las persianas. Tiempo de reparar las tejas. Tiempo de todo eso, y si crees que te vas para evitarlo piénsalo mejor.

El viejo se llevó la mano al pecho.

-Me duele que no confíes en mi propia sensibilidad natural ante el destino inminente.

-A mí me duele que National Geographic caiga en manos de viejos locos. Lo lees y enseguida caes en esos sueños que tengo que barrer. A los editores de la Geographic y de la Popular Mechanics habría que traerlos a la bohardilla, el garaje y el sótano para que vieran ahí esos botes, helicópteros y máquinas volantes de alas de murciélago, todo sin terminar. No sólo para que los vieran, sino también para que se los llevaran a sus casas.

-Habla, habla- dijo el viejo. – Aquí estoy, como una piedra blanca que se hunde en la Marea del Olvido. Por Dios, mujer, ¿no puedo alejarme para morir en paz?

-Ya te llegará el Olvido cuando te encuentren caído en la leñera , frío como el mármol.

-¡Pilatos!- bufó el viejo. – El reconocimiento de la propia finitud no es sólo vanidad.

-Tú la mascas como si fuese tabaco.

-¡Basta!- dijo el viejo. – Mis bienes terrenales están apilados en el porche del fondo. Dáselos al Ejército de Salvación.

-¿Las Geographic también?

-¡Sí, maldición, las Geographic también! Y ahora, apártate.

-Si vas a morir no necesitarás esa valija- dijo ella.

-¡Quita esas manos, mujer! Quizá demore algunas horas. ¿Por qué privarme de los últimos consuelos del mundo? Esta tendría que ser una tierna escena de despedida. Mira en cambio: recriminaciones, sarcasmos, dudas sembradas a todos los vientos.

-Muy bien- dijo la vieja. Vete al bosque y pasa ahí una noche de frío.

-No tengo porqué ir al bosque.

-¿Y a qué otro lugar puede ir a morir un hombre en Illinois?
...........................................................................................
(Continuará en próxima ntrada)

lunes, 23 de abril de 2012

Un cuento de Ray Bradbury


Tiempo de Partir
Primera parte





El pensamiento creció tres días y tres noches. Durante el día lo llevaba en la cabeza como un durazno todavía verde. De noche le permitía tomar carne y sustancia, suspendido en el aire callado, coloreado por la luna del campo y las estrellas del campo, y le daba vueltas y vueltas en el silencio que precede al alba. En la cuarta mañana el hombre extendió una mano invisible, tomó el durazno, y se lo comió.

Se levantó rápidamente, quemó las cartas viejas, metió unas pocas en una diminuta valija, y se puso el traje de medianoche y una corbata de color pluma brillante de cuervo, como si estuviese de luto. Sintió que su mujer, en la puerta, detrás, lo observaba con los ojos de un crítico que puede saltar al escenario, en cualquier momento, e interrumpir la función. Pasó junto a ella, rozándola.

-Perdón- murmuró.

-¡Perdón! -gritó la mujer. - ¿Y eso es todo lo que me dices? ¿Escabulléndote, preparando un viaje?

-Yo no lo preparé; ocurrió- dijo el hombre. – Hace tres días tuve la premonición. Supe que iba a morir.

-No digas tonterías- dijo la mujer. – Me pones nerviosa.

Los ojos del hombre reflejaban débilmente el horizonte.

Siento que la sangre me corre más despacio. Me escucho los huesos y es como si estuviese en una boardilla oyendo como crujen las vigas, y se deposita el polvo.

-Tienes apenas setenta y cinco años- dijo la mujer. – Estás de pie sobre tus piernas, ves, oyes, comes y duermes bien, ¿no es verdad? ¿Qué charla es esta?

-La lengua natural de la existencia, hablándome- dijo el viejo. – La civilización nos ha apartado de nuestra propia naturaleza. Piensa en los paganos de las islas...

-¡No se me antoja!

-Los paganos de las islas sienten cuando van a morir. Se despiden entonces de los amigos y abandonan los bienes terrenales...

-¿Y las mujeres, no tienen voz ni voto?

-Dejan a sus mujeres algunos bienes terrenales.

-No faltaba más.

-Y otros a sus amigos...

-¡Eso lo veremos!

-Y otros a sus amigos. Luego, al atardecer, se van remando en sus canoas, y nunca regresan.

La mujer lo miró de arriba abajo como si el viejo fuese una pila de leña seca lista para el hacha.

-¡Deserción!- dijo.

-No, no, Mildred; muerte, pura y simplemente. Tiempo de Partir, así lo llaman.

-¿Y nadie tomó nunca otra canoa y siguió a esos imbéciles, para saber adónde iban?

-Por supuesto que no- dijo el viejo, ligeramente irritado. – Eso lo echaría todo a perder.

-¿Quieres decir que tenían mujeres y amigas bonitas en otra isla?

-No, no, pero el hombre necesita soledad, serenidad, cuando la savia empieza a enfriársele.

-Si pudieses probarme que esos tontos murieron realmente me callaría.- La mujer guiñó un ojo.- ¿Encontraron alguna vez los huesos en esas islas?

-Sólo sé que zarpan, simplemente, al atardecer, como animales que presienten el Gran Momento. Si hay algo más, no lo sé ni me importa.

-Bueno, yo lo sé y me importa – dijo la anciana -. Estuviste leyendo más artículos en National Geographic acerca del Osario de Elefantes.

-¡Cementerio, no osario! – gritó el viejo.

-Cementerio, osario. Creí que había quemado las revistas; ¿tienes ejemplares escondidos?
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El presente cuento de Ruy Bradbury me ha sido recomendado por un amigo, además de leerlo me pareció importante compartirlo con los amigos del blog.

sábado, 21 de abril de 2012

ANATOLE FRANCE

"EL CRISTO DEL OCÉANO"
                                                                     

                                                        Escena de la película homónima.

Pierre era un chico retrasado, y como no tenía suficiente inteligencia para ganarse la vida, le daban pan por caridad; era apreciado por todos porque no hacía daño a nadie. Pero tenía una conversación sin mucha lógica, que nadie escuchaba. Sin embargo, el padre Truphème, que no dejaba de meditar en el misterio del Cristo del océano, se impresionó por lo que el pobre insensato acababa de decir. Fue con el pertiguero y dos fabriqueros al lugar en el que el chico decía haber visto una cruz y encontró dos planchas con clavos, que el mar había golpeado de acá para allá mucho tiempo y que verdaderamente, formaban una cruz.



Eran restos de un antiguo naufragio. Se veían aún sobre una de aquellas planchas dos letras pintadas en negro, una J y una L, y nadie podía dudar de que no fuera un trozo de la barca de Jean Lenoël, que cinco años antes había perecido en el mar, junto a su hijo Désiré. Al ver las planchas el pertiguero y los fabriqueros comenzaron a reírse del inocente que tomaba los tablones rotos de un barco por la cruz de Jesucristo. Pero el párroco interrumpió sus burlas. Había meditado mucho, había orado mucho desde que el Cristo del océano había llegado junto a los pescadores, y empezaba a comprender el misterio de la caridad infinita. Se arrodilló sobre la arena de la playa, recitó la oración por los fieles difuntos, y luego ordenó al pertiguero y a los fabriqueros que llevaran sobre sus hombros aquel despojo y lo depositaran en la iglesia. Cuando estuvo hecho, levantó el Cristo de encima del altar, lo colocó sobre los tablones de la barca e incluso él mismo lo clavó en ellos, con los clavos que el mar había corroído.



Por orden suya, aquella cruz ocupó a partir del día siguiente el lugar que ocupaba la cruz de oro y pedrerías, por encima del poyo. El Cristo del océano no se desclavó nunca más. Quiso permanecer sobre aquella madera en la que unos hombres habían muerto invocando su nombre y el de su Madre. Y allí, entreabriendo su boca augusta y dolorosa, parece decir: «Mi cruz está hecha de todos los sufrimientos de los hombres, pues yo soy realmente el Dios de los pobres y de los desdichados».

FIN

lunes, 16 de abril de 2012

"El Cristo del Océano"

Un cuento de Anatole France.
                                                                    Segunda Parte

Y, tras haber hecho que colocaran al Cristo en la iglesia, sobre el mantel del altar mayor, el párroco Truphème se marchó para encargarle al carpintero Lemerre una bella cruz en madera de roble. Cuando estuvo hecha, clavaron en ella al buen Dios con clavos nuevos y la irguieron en la nave, por encima del poyo de mampostería. Fue entonces cuando vieron que sus ojos estaban llenos de misericordia y como húmedos de una piedad celestial. Uno de los mayordomos de la parroquia, que asistía a la colocación del crucifijo, creyó ver que las lágrimas corrían por el divino rostro. A la mañana siguiente, cuando el señor párroco entró en la iglesia con el monaguillo para celebrar misa, se sorprendió mucho al ver la cruz vacía encima del poyo y el Cristo tendido sobre el altar. Tan pronto como terminó la celebración del santo sacrificio, mandó llamar al carpintero y le preguntó por qué había desclavado el Cristo de su cruz. Pero el carpintero respondió que él no lo había tocado en absoluto; y, después de haber interrogado al pertiguero y a los fabriqueros, el párroco Truphème se aseguró de que nadie había entrado en la iglesia desde el momento en el que el buen Dios había sido colocado por encima del poyo.




Tuvo entonces la sensación de que aquellas cosas eran milagrosas y las meditó prudentemente. El domingo siguiente, habló de ello a los fieles de la parroquia y les invitó a contribuir con sus donaciones para erigir una nueva cruz más bella que la primera y más digna de llevar a Aquel que redimió al mundo. Los humildes pescadores de Saint-Valery dieron tanto dinero como pudieron, y las viudas ofrecieron sus alianzas. Por lo que el párroco pudo ir de inmediato a Abbeville para encargar una cruz de madera negra, muy brillante, coronada por un letrero con la inscripción «I.N.R.I» en letras doradas. Dos meses más tarde, la colocaron en el lugar de la primera y clavaron en ella el Cristo entre la lanza y la esponja. Pero Jesús la abandonó como a la otra, y durante la noche fue a tenderse sobre el altar.



Cuando, a la mañana siguiente, el señor párroco la encontró allí, cayó de rodillas y oró durante mucho rato. El rumor de aquel milagro se difundió por todos los alrededores, y las señoras de Amiens hicieron colectas para el Cristo de Saint-Valery. Y el padre Truphème recibió de París dinero y joyas, y la esposa del ministro de Marina, la señora Hyde de Neuville, le envió un corazón de diamantes. Disponiendo de todas aquellas riquezas, un orfebre de la calle Saint-Sulpice hizo, en dos años, una cruz de oro y pedrerías que fue inaugurada con gran solemnidad en la iglesia de Saint-Valery, el segundo domingo después de Pascua del año 18... Pero Aquel que no había rechazado la cruz dolorosa, se escapó de esta cruz tan rica y fue a tenderse de nuevo sobre el lino blanco del altar. Por temor a ofenderlo, esta vez lo dejaron allí, y allí descansaba desde hacía más de dos años, cuando Pierre, el hijo de Pierre Caillou, fue a decirle al párroco Truphème que había encontrado en la playa la auténtica cruz de Nuestro Señor.
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